Pastoras, ancianas y diaconisas: una perspectiva bíblica

Poca duda puede haber en cuanto a la validez y necesidad del ministerio femenino en la Iglesia de Cristo. Hay abundantes pruebas en el Antiguo y Nuevo Testamentos de que las mujeres desempeñaron papeles cruciales, ocupando funciones destacadas y siendo instrumento de bendición para el pueblo de Dios, tales como las profetizas y las juezas de Israel, las ayudadoras de Jesús y los apóstoles, las profetizas de las iglesias apostólicas y aquellas que recibieron iglesias en sus casas – sólo para mencionar algunas.

La pregunta, sin embargo, que ha dividido a los evangélicos en años recientes es sobre la validez, necesidad y lo apropiado del ministerio femenino ordenado. O sea, mujeres que ejercen sus actividades habiendo sido ordenadas para este fin por sus iglesias. No existe debate en cuanto a la participación de las mujeres en la vida de la iglesia. El debate gira en torno del ejercicio de los oficios eclesiásticos por ellas.

La parte histórica sobre el movimiento feminista, y también la respuesta a la indignación sobre el patriarcado en el último artículo están basadas en la tesis de maestría del Rev. Ludgero Bonilha Moraes. La parte que analiza los textos bíblicos del Nuevo Testamento que son más relevantes para nuestro tema está basada en material que yo escribí anteriormente, publicado por Publicações Evangélicas Selecionadas en Ordenação de Mulheres, y es usado con permiso.

Breve resumen histórico del movimiento feminista

Es de gran ayuda para nosotros estudiar el surgimiento del movimiento feminista. Generalmente una perspectiva global y amplia del tema bajo discusión nos ayuda a entender mejor determinados aspectos del mismo. En el caso del movimiento feminista, su historia nos revelará que la ordenación de mujeres al ministerio es apenas un punto de una agenda mucho más amplia y radical.

Orígenes del movimiento feminista fuera de la Iglesia

Examinemos primero el movimiento feminista fuera de la iglesia, enfocando en sus principales protagonistas.

Siglo 18: La vindicación de los derechos de la mujer
La ‘Primera onda’ del feminismo tuvo inicio en la primera mitad de los años 1700, cuando una inglesa, Mary Wollstonecraft, escribió A Vindication of the Rights of Woman (Una vindicación de los derechos de la mujer). Un año después de esta publicación, Olimpe de Gouges publicó un panfleto en París intitulado La Droits de la Femme (Los Derechos de la mujer) y una americana, Judith Sargent Murray, publicó On the Equality of the Sexes (Sobre la igualdad de los sexos). Otras pensadoras feministas surgieron en poco tiempo tales como Frances Wright, Sarah Grimke, Sojourner Truth, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Harriet Taylor y también John Stuart Mill. Sus pensamientos y obras fueron defendidos con fervor y poco a poco fueron dejando profunda influencia en la sociedad moderna contemporánea del mundo occidental.

Siglo 19: La Declaración de los sentimientos
En 1848 cerca de 100 mujeres se reunieron en una convención en Seneca Fall, Nueva York, para ratificar la Declaración de los Sentimientos, escrita para defender los derechos naturales de la mujer. Las autoras de la Declaración de los Sentimientos reclamaban que las mujeres estaban impedidas de tener posiciones en la sociedad con respecto a trabajos mejores, además de no recibir el pago equitativo por el trabajo que realizaban. Notaron que las mujeres estaban excluidas de profesiones tales como la teología, medicina y abogacía, y que todas las universidades estaban cerradas a ellas. Denunciaban también un doble patrón de moral que condenaba a las mujeres con penas públicas pero excluía a los hombres del mismo castigo en relación a crímenes de naturaleza sexual. La Declaración fue un marco profundamente significativo en el movimiento feminista. Sus reclamaciones eran, en su gran mayoría, justas y consistentes. Por esto, el movimiento fue ganando muchas y muchos adeptos, a pesar de las grandes barreras que eran impuestas a las mujeres que se exponían a la defensa de sus ideas e ideales. La leyes del divorcio fueron liberalizadas y ocurrieron cambios drásticos con el estado legal de la mujer dentro del contexto del matrimonio. Alrededor de los años 30, como resultado de su educación profesional, las mujeres comenzaron a entrar en el mercado de trabajo como fuerza competitiva. Muchas barreras legales, políticas, económicas y educativas que restringían a la mujer fueron removidas y ella comienza a pisar el mundo del hombre con pasión y celo.

Siglo 20: Simone de Beauvoir y Betty Friedan
La primera fase de la construcción del feminismo moderno comenzó con la obra de filosofía de Simone deBeauvoir, Le Deuxiéme Sexe (El segundo sexo), en 1949. Las mujeres, según de Beauvoir, fueron definidas y diferenciadas tomando como referencia al hombre, y no con referencia a ellas mismas. Ella creía que el sexo masculino tomaba a sí mismo como medida por la cual el mundo entero era medido, incluyendo a las mujeres, siendo ellas definidas y juzgadas por este patrón. Las mujeres eran el «otro» no esencial. Simone de Beauvoir observa esta falta de igualdad del estatus sexual en todas las áreas de la sociedad, incluyendo la económica, industrial, política, educacional, y hasta en relación del lenguaje. Las mujeres fueron forzadas por los hombres a conformarse y moldearse a aquello que los hombres creaban para su propio beneficio y placer. A las mujeres de sus días no les era permitido o no eran animadas a hacer o llegar a ser otra cosa más allá de que el femenino eterno dictaba; ellas eran cercadas en un papel de «Kuche, Kirche, und Kinder» (cocina, iglesia e hijos). De acuerdo con de Beauvoir la mujer estaba destinada a existir solamente para la conveniencia y el placer de los hombres.

Al inicio de los años 60 una periodista norteamericana, Betty Friedan, transformó los conceptos filosóficos de Simone de Beauvoir en algo más fácil de asimilar para la mujer moderna, al publicar La Mística Femenina, un libro que examina el papel de la mujer norteamericana. Según Friedan, las mujeres de sus días fueron enseñadas a buscar satisfacción sólo como esposas y madres. Ella afirmó que esta mística del ideal femenino produjo mujeres infantiles y frívolas, casi como niñas, livianas y femeninas, pasivas, cómodas sólo en el mundo de la cama y la cocina, de sexo, de bebés y de casa. Al igual que de Beauvoir, ella afirma que la única manera para que la mujer se encuentre a si misma es conocerse a si misma como una persona seria, por medio de la obra creativa ejecutada por ella misma. Friedan bautizó el dilema de las mujeres: «Un problema sin nombre». Friedan estaba de acuerdo con de Beauvoir que la liberación de las mujeres requeriría cambios estructurales profundos en la sociedad. Para esto, las mujeres tendrían que tener control de sus propias vidas, tendrían que definirse a sí mismas y dictar su propio destino.

El «Problema sin nombre» – el patriarcado
Al final de los años 60 la autora feminista Kate Millett usó el término ‘patriarcado’ para describir el «problema sin nombre» que afligía a las mujeres. El término tiene su origen en dos palabras griegas: pater, que significa ‘padre’, y arche, que significa ‘gobierno.’ La palabra ‘patriarcado’ era entendida como el ‘gobierno del padre’, y era usada para describir el dominio social del macho y la inferioridad y la servidumbre de las mujeres. Las feministas pusieron el patriarcado como la causa última del descontentamiento de las mujeres. La palabra patriarcado definía para ellas el problema que de Beauvoir y Friedan no pudieron nombrar, pero sí lograron identificar. De acuerdo con las feministas, el patriarcado fue el poder de los hombres que oprimía a las mujeres y que era responsable por la infelicidad de ellas. Las feministas concluyeron que la destrucción del patriarcado traería de vuelta la realización de las mujeres. La liberación de las mujeres del patriarcado permitiría que ellas llegaran a poder realizarse.

Surgimiento del movimiento feminista dentro de la iglesia

Katherine Bliss
Podemos considerar el libro de Katherine Bliss, El trabajo y el estatus de la mujer en la Iglesia (1952) como el marco inicial del movimiento moderno feminista dentro de la cristiandad. El libro era basado en una encuesta sobre las actividades y los ministerios en los cuales las mujeres cristianas estaban comúnmente involucradas. Bliss observó que, a pesar de que las mujeres estuvieran muy involucradas en la vida de la Iglesia, la participación de ellas estaba limitada a papeles auxiliares tales como la Escuela Dominical y las misiones. Las mujeres no participaban en los puestos de liderazgo tradicionalmente aceptados, tales como la enseñanza, predicación, administración y evangelismo, aunque muchas de ellas parecían estar preparadas y tenían dones para estos ejercicios. Bliss le llamó la atención a la Iglesia para que una re-evaluación de los papeles hombre/mujer en la Iglesia, particularmente la ordenación de las mujeres.

Activistas cristianas abren fuego
La obra de Bliss sirvió como munición para los activistas cristianos en la lucha por los derechos civiles y políticos en 1961. Ellos, junto con las feministas en la sociedad secular, comenzaron a vocalizar su descontento con el tratamiento diferente que las mujeres recibían a causa de su sexo, inclusive, dentro de las iglesias cristianas. En este mismo año, varios periódicos evangélicos publicaron artículos sobre el ‘síndrome de las mujeres limitadas a los papeles de casa y de esposa’, donde se argumentaba que las mujeres estaban restringidas a los papeles inferiores en la Iglesia. Los hombres podían ser ministros ordenados, pero a las mujeres se les imponían barreras para las actividades ministeriales como la enseñanza, la consejería y el pastoreo. Las mujeres, afirmaban los activistas, desean participar de la vida religiosa en un nivel más significativo que sólo la costura, o dirigir los bazares, o poner la mesa para la Santa Cena, o los servicios generales tales como levantar recursos para los necesitados – actividades con frecuencia designadas para ellas. Al igual que con el trabajo físico, ellas querían contribuir con ideas para la Iglesia.

El Consejo Mundial de Iglesias
La atención dada a los papeles de los hombres y las mujeres dentro de la Iglesia se hizo más intensa en la medida en que el movimiento secular de las mujeres fue ganando fuerza. Ya en 1961 el Consejo Mundial de Iglesias distribuyó un panfleto intitulado En cuanto a la ordenación de las mujeres, llamando a las iglesias afiliadas a que hicieran un «re-examen de sus tradiciones y leyes canónicas». Varias denominaciones comenzaron a aceptar que el cristianismo había incorporado en sus valores una actitud patriarcal dominante de la cultura de sus orígenes.

Muchos católicos, metodistas, bautistas, episcopales, presbiterianos, congregacionalistas y luteranos estaban de acuerdo: la mujer en la Iglesia necesitaba liberación. Con esta conclusión en mente, de que la mujer necesitaba de liberación dentro de la Iglesia, se estableció un camino de acción que tenía como meta abrir el ministerio ordenado tanto para la mujer como para el hombre.

En los años 60 las feministas cristianas se pusieron en un rumbo paralelo a aquel establecido por las feministas en la sociedad secular. Ellas, junto con sus contrapartes, buscaron anular la diferenciación de papeles hombre/mujer. El tema dominante fue la necesidad de que la mujer se definiera a sí misma. Las feministas creían que a las mujeres se debía permitirles hacer todo lo que el hombre puede hacer, de la misma manera y con el mismo reconocimiento que es conferido al hombre. Esto, según ellas creían, constituía la verdadera igualdad.

Los primeros argumentos en pro de la ordenación de las mujeres
Las feministas cristianas buscaron la inclusión de las mujeres en el liderazgo de la Iglesia sin un análisis claro de la estructura y funcionamiento de la misma según el patrón bíblico. Ellas simplemente juzgaron la Iglesia como sexista e iniciaron su camino de acción en respuesta a este juicio. Las feministas cristianas, mano a mano con sus contrapartes seculares, comenzaron a demandar “derechos iguales”. Para la defensa de estos “derechos”, a esta altura del movimiento feminista cristiana, todavía partía del presupuesto que la biblia era la Palabra de Dios. Veamos sus argumentos:

Los Padres de la Iglesia fueron influenciados por el patriarcalismo
Según las feministas cristianas, Clemente de Alexandría, Orígenes, Ambrosio, Crisóstomo, Tomás de Aquino, Lutero, Tertuliano, Calvino y otros teólogos y líderes importantes de la Iglesia Cristiana, influenciados por el patriarcado, reafirmaron la inferioridad de la mujer a través de la historia de la Iglesia, y así, prohibieron la ordenación de la mujer y cometieron errores en cuanto a los papeles conyugales. Las mujeres fueron excluidas de las posiciones de autoridad porque los Padres de la Iglesia las veían por naturaleza inferiores y menos capaces intelectualmente que los hombres.

La biblia enseña la igualdad de los sexos
En segundo lugar, las feministas cristianas pasaron a afirmar que la biblia daba apoyo a la plena igualdad de las mujeres y que los hombres habían ignorado estos conceptos bíblicos. Las primeras feministas cristianas afirman que el registro de la creación de la mujer en Génesis ha sido interpretado casi universalmente de manera equivocada, para enseñar que «Dios impuso la inferioridad y la sujeción» de la mujer. Los teólogos (hombres) fueron acusados por las primeras feministas cristianas de haber ignorado los pasajes bíblicos que dan apoyo a la igualdad femenina, torciéndolos para su propio interés. La doctrina del liderazgo en la Iglesia que excluía las mujeres del ministerio, fue presentada como subproducto de un estudio amputado de las escrituras.

No hay diferencia entre hombre y mujer
La tesis principal que fue propuesta por las feministas cristianas al inicio de los años 60 era idéntica al feminismo secular: no hay diferencia entre hombre y mujer. Las feministas argumentaban que con respecto a las emociones, el psique, y el intelecto, no hay demostración válida de que existan diferencias entre mujeres y hombres. Cualquier diferencia aparente resulta ser única y exclusivamente el resultado del acondicionamiento cultural y jamás de factores biológicos. Por tanto, teniendo en vista la igualdad de los sexos, las feministas cristianas demandaban que la mujer fuera colocada en posiciones de pleno liderazgo dentro de la casa y la Iglesia, con total igualdad con el hombre.

El primer paso del movimiento feminista dentro de la Iglesia fue la ordenación de mujeres para los oficios eclesiásticos, y este fue sólo el primer paso. La ordenación de las mujeres requiere el desarrollo de una nueva teología, de una nueva visión sobre Dios, sobre la biblia, el culto y el mundo. La teología debía redefinirse, alineándose con el punto de vista feminista. Este fue el próximo paso que se dio.

Desarrollos recientes en la teología feminista
Se necesitaba una teología totalmente nueva, basada en la experiencia y en la interpretación de la mujer. Un nuevo desarrollo teológico era necesario para dar apoyo a la ordenación femenina. Esta nueva teología se movió en varias direcciones. Veremos que la ordenación femenina es apenas un punto en una agenda mucho más grande y más radical.

La re-interpretación de la sexualidad femenina
Rechazando la definición de la feminidad y de los papeles femeninos que les fueron impuestos por los hombres y por la mentalidad patriarcal dominante, las mujeres demandaron una nueva definición de estos puntos que partieran de otro punto de referencia. La conclusión a que llegaron fue que la misma mujer es el mejor punto de referencia para su autodefinición. En la caminata hacia este nuevo descubrimiento, ella debe descubrirse a si misma en relación con otras mujeres y no en relación con los hombres.

En la década de los 70, los movimientos radicales en pro del lesbianismo llegaron a identificar la misión y propósito del movimiento feminista en general. Fue aquí que el lesbianismo entró en el movimiento feminista cristiano más radical como elemento clave en la re-interpretación de la mujer, su feminidad, espiritualidad y su rol. La contribución más importante con respecto a la introducción del lesbianismo en el movimiento feminista fue dada por la líder feminista Kate Millet, que admitió públicamente ser lesbiana, después de escribir el libro Sexual Politics, un ‘best seller’ (de mayor venta) publicado en 1970. Este acontecimiento fue divulgado mundialmente por medio de la revista Time en ese mismo año. Surgieron dentro de las iglesias grupos de lesbianas ‘cristianas’ presionando para la ordenación de las mujeres, de lesbianas, la celebración del matrimonio de los gays y la aceptación de los homosexuales y lesbianas activos como miembros plenos en la iglesia.

La re-interpretación feminista de la biblia
La teología feminista llegó a ser profundamente influenciada por la hermenéutica pos-moderna, la cual enseña que la escritura y la lectura de cualquier texto son totalmente determinadas por las perspectivas sociales y las experiencias de vida de los autores y lectores. Empleando este principio de lectura bíblica, las feministas cristianas concluyeron que la biblia es un libro machista y refleja el patriarcado dominante en la cultura israelita y griega de aquella época. La biblia es un libro de experiencia religiosa de las mujeres y los hombres, judíos y cristianos; sin embargo su texto fue formado por los hombres, adultos e instruidos. Pocos textos fueron escritos por las mujeres. Como resultado, los autores frecuentemente enfatizaron solamente el papel de los hombres. Ellos contaron la historia de todo un pueblo desde su perspectiva masculina.

Desarrollaron una visión patriarcal de la religión hasta el punto de transformar a Dios – un espíritu puro sin género – ¡en un ser masculino! Y este Dios siempre escoge a hombres como profetas, sacerdotes y reyes, ¡porque los hombres son mejores o más fuertes moralmente que las mujeres!

Las feministas proponen una re-interpretación radical de la biblia, partiendo de la óptica de ellas. Proponen también que las mujeres aprendan a examinar las lecturas hechas desde la óptica patriarcal y a impugnar cualquier interpretación distorsionada por el machismo. La interpretación tradicional de la biblia siempre fue masculina, pues lo masculino era tenido como universal. Hoy, esa lectura ideológica incomoda a muchas mujeres y hombres en las iglesias.

Además, desean que se publique versiones bíblicas donde el elemento masculino sea quitado del lenguaje. Estas versiones, llamadas versiones con lenguaje inclusivo, ya no se refieren a Dios como ‘Padre’, y llaman a Jesús ‘el niño de Dios’ en vez del ‘Hijo de Dios’. Ya existen docenas de versiones bíblicas así en el mercado mundial. En Brasil, la segunda edición de la Biblia na Lenguagem de Hoje (la Biblia en el lenguaje de hoy) introdujo una forma suavizada de lenguaje inclusivo. Y algunas feministas radicales declaran que la biblia no es confiable y que las historias de las mujeres hoy deben ser agregadas al canon de la biblia.

La re-interpretación del cristianismo
Como resultado de esta nueva lectura de la biblia, orientada en contra de todo elemento masculino y contra el patriarcalismo, las feministas propusieron una reforma radical del cristianismo tradicional. La ordenación de las mujeres era apenas un pequeño aspecto de este proyecto, porque para ellas, la verdadera religión debía contar con elementos que reflejan el poder y la cooperación de las mujeres, cuya principal característica es generar la vida. Así, muy naturalmente, las feministas adoptaron y ‘cristianizaron’ los antiguos ritos paganos de la fertilidad, que celebraban los ciclos de la naturaleza, las estaciones del año. la fertilidad de la tierra, el sexo y la generación de vida. Los cultos siguen temas litúrgicos relacionados con las estaciones del año. Este nuevo cristianismo femenino entiende que la mujer es más apta que el hombre para establecer y conducir la religión, pues mientras el hombre, el guerrero, mata y quita la vida, la mujer genera vida. Aquella que conduce a la vida dentro de sí es más apta para definir la religión y conducir sus cultos.

Una re-interpretación de Dios
El paso más radical dado recientemente por el movimiento feminista cristiano radical fue el re-invento de Dios. Más de 800 feministas, gays, y lesbianas del mundo entero se reunieron en los Estados Unidos en 1998 para realizar un congreso llamado Re-imaginando a Dios. Los participantes llegaron a conclusiones tremendas: el verdadero dios de Israel era una diosa llamada Sofía, que los autores masculinos transformaron en el dios masculino Javé, hombre de guerra. Jesucristo no era Dios, sino que era la encarnación de Sofía, quien es la personificación de la sabiduría femenina. Esta diosa puede ser hallada dentro de cualquier mujer y es identificado con el ego femenino. En el congreso celebraron una ‘Cena’ en la cual el pan y el vino fueron sustituidos por leche y miel, y pidieron que las iglesias tradicionales pidieran perdón por haberse referido a Dios siempre en términos masculinos. Maldijeron a aquellos que están en contra del aborto, y bendijeron a los que defendían a los gays y las lesbianas.

Conclusión

La lectura de los orígenes y el desarrollo del movimiento feminista deja claro que la ordenación de las mujeres al ministerio es apenas un punto de una agenda mucho más amplia. Es claro que no todos los que defienden la ordenación de la mujer concuerdan con toda la agenda del movimiento feminista cristiana. Sin embargo, considerando que muchos de los argumentos usados para defender la ordenación femenina son los mismos que son empleados para una defensa del lesbianismo o del homosexualismo en las iglesias, para las versiones feministas de la biblia, y para el mismo re-invento de Dios y del cristianismo, se percibe que la ordenación femenina es sólo un pedazo de un todo indivisible, que tarde o temprano habrá de prevalecer donde se le dé oportunidad.

Autor: Rev. Augustus Nicodemus Lopes
Fuente: http://www.clir.net