La justificación

Introducción

La justificación es también una de las doctrinas centrales de las Escrituras. Su importancia es tal, que a lo largo de la historia ha sido la más atacada, la más confundida, la más menospreciada y también la más acogida.

Uno de los textos que generó un gran cambio en el siglo XVI fue: Más el justo por la fe vivirá. Éste fue uno de los textos que cambió rotundamente la vida de Martín Lutero. Toda su vida giraba en torno al hecho de obtener méritos de parte de Dios por medio de sus propios esfuerzos. Fue quien se sometía a los más rigurosos ritos, a las prácticas más esclavizantes. Su vida se veía marcada por la forma legalista de obtener la salvación.

Pero cuando se le abrieron los ojos a esta verdad, su vida de esclavitud a los ritos y ordenanzas, se vio cambiada por la libertad en la gracia de Dios. Un hombre que vivía antes atado por sus tradiciones y mal entendimiento de la justificación; ahora se veía liberado de toda esa forma siniestra de pensar, y en gozo por la admirable compresión de esta doctrina.

Ahora, esta gran doctrina trajo la salvación a un hombre esclavo de su propio orgullo. Al igual que lo hizo con todos nosotros. Debemos de apreciar esta gran verdad por todo el contenido que ésta lleva. Debemos de hablarle a nuestra alma, a nuestro ser, cada día de esta verdad. Ésta es la que trae libertad a nuestra alma y paz a nuestra conciencia.

Si queremos gozarnos cada vez más en el Señor, reconocer Su gracia, Su grandeza, Su majestad, Su amor, Su justicia, Su misericordia, Su perdón; que más que examinar y volver a considerar estas doctrinas que están llenas de consuelo para el alma del creyente, y de esperanza para el impío.

Todas las doctrinas son necesarias para el crecimiento espiritual del Cuerpo de Cristo. Así como un cuerpo mortal no sólo como de una clase de alimento, así también el cuerpo de Cristo necesita las doctrinas para que refuercen su crecimiento y su firmeza en el Señor. Estas doctrinas, son las apostólicas, aquellas que fueron dejadas por el Espíritu Santo, a los santos apóstoles y profetas. Y es en ellas que debemos fundamentarnos para nuestro crecimiento espiritual.

Así que, veamos esta preciada doctrina, la cual trajo libertad a Martín Lutero y a muchos de los que estamos aquí; y que también va a dar consuelo a todos los que estamos aquí.

Versículo 23: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. A lo largo de todas las Escrituras encontramos el siguiente enfoque, o las siguientes palabras que el Señor emite: No tendré por inocente al culpable.

El Señor es juez justo, y por tanto tiene que juzgar a los pecadores; a todos aquellos que han delinquido y rebelado en contra de Él.

El hombre está muerto espiritualmente, está lleno de corrupción y de inmundicia. Toda la humanidad es una raza caída; todos los hombres llevamos en nuestro ser la culpa y la corrupción que heredamos de nuestro padre Adán.

Los primeros hombres fueron creados perfectos; pero ellos decidieron voluntariamente rebelarse contra su Creador. Se les fue dado un mandato, pero fueron cautivados por los deseos de los ojos, los deseos de la carne y la vanagloria de la vida. Cayeron, y juntamente con ellos, arrastraron a toda su posteridad, a toda la humanidad que iba a nacer después de ellos.

Ningún hombre que haya nacido después de nuestros primeros padres, está exento de pecado y de juicio. Ningún hombre que ha nacido de manera natural de mujer, nace espiritualmente vivo.

Esto es manifiesto a lo largo de las Escrituras. Jesús le dijo a un hombre que le quería seguir, pero primero quería enterrar a su padre que había muerto, lo siguiente: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Aquí tenemos la realidad de todos los seres humanos. Era imposible que nuestro Señor se esté refiriendo a muertos físicos en los dos casos: Un muerto físico no puede enterrar a otro muerto físico. Igualmente, un muerto espiritual no puede enterrar a otro muerto espiritual, si éste primero no muere físicamente. A lo que nuestro Señor hace alusión es a los muertos espirituales y luego a los muertos físicos. Nos dice entonces lo siguiente: Deja que los muertos espiritualmente, entierren a sus muertos físicos. El Señor mismo está haciendo un reconocimiento del estado del hombre: Muerto.

Y nadie se escapa de esta realidad. Todo ser humano que es concebido en el vientre de su madre, como dice el salmista: en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.David reconoce que había en él la naturaleza pecaminosa desde que fue concebido. Él declara esto por los pecados que había cometido; y es su declaración inspirada por Dios, que también confirma esta verdad.

Esto es evidente, ni aún los bebés se libran de nacer espiritualmente muertos y corruptos. Pues muy bien se pregunta Job, en el libro que lleva su nombre, lo siguiente: ¿Cómo será limpio el que nace de mujer?. Este hombre no tenía problema alguno de declarar esta verdad. Ciertamente él se hace esta pregunta, porque sabe que el ser que se forma en el vientre de una mujer tiene las manchas del pecado y está sucio, es por ello que dice: ¿Cómo hacemos a este ser limpio?

Esto seguramente genere mucha controversia en el mundo hoy en día, dónde se tiene “moralidad”, pero rechaza la verdad que dice la Escritura. Y nuevamente el libro de Job, no titubea en decir nuevamente: ¿Qué cosa el hombre para que sea limpio, y se justifique el que es nacido de mujer?

Esto es lo que afirman las Escrituras categóricamente. No tiembla, ni dice: ¿qué pensará el hombre si digo esto? ¡No!, la escritura es enfática y real, y no tiene medias tintas.

Y esto queda confirmado por lo que dice el Salmista: Se apartaron los impíos de la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron. Tal vez podríamos parafrasear este texto de la siguiente forma: Los malvados ya son malos desde antes de nacer; desde que están en el vientre ya dicen mentiras.

Y claro está, que estas no son percepciones o pensamientos particulares del Salmista, no es algo que él se invento y decidió escribir; sino que sabemos que toda la Escritura es inspirada por Dios, y que los santos hombres de Dios hablaron siendo guiados por el Espíritu Santo. No son filosofías humanas, es el pensamiento del Altísimo; no son palabras terrenales, son palabras celestiales. Así que, esta es la forma en que el Señor describe la realidad del hombre desde su concepción; de los bebés en particular. ¿Es acaso Dios injusto? En ninguna manera, es justo, porque todos los hombres hemos caídos en Adán; y un juez justo no puede ignorar la verdad. No nos constituimos en pecadores cuando pecamos; sino que pecamos porque ya hemos sido constituidos pecadores.

Y mientras este ser va creciendo, mientras va en desarrollo; su corrupción también va en aumento, su maldad va creciendo. Escuchen las palabras de nuestro Señor: El Señor vio que el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud. Traduciríamos mejor así: Todos los hombres andan pensando en hacer lo malo desde su niñez, desde que son infantes.

Los niños solamente necesitan “libertad” para hacer todo tipo de maldades y atrocidades; y mientras vayan creciendo en tamaño, su depravidad va a ir en aumento. Su corazón se va endureciendo cada vez más; comenten todo tipo de iniquidades; su entendimiento se transforma tenebroso; su corazón se torna cada vez más duro como la piedra; sus pies corren presurosos al mal; se vuelven como animales irracionales; como diría nuevamente Job: Beben la iniquidad como agua; es decir, es su necesidad constante el estar pecando, y como lo dice Salomón: No duermen ellos si no han hecho mal.

Este es el común denominador de toda la raza; son esclavos de su naturaleza, de su estado caído, sirven voluntariamente al pecado; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos; se han vuelto necios e ignorantes del camino de Dios.

Es así como lo describe Pablo en esta carta a los Romanos:

Ro. 1:21-32: Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican”.

Es sobre toda la humanidad, entonces, que se revela el justo juicio de Dios; es contra las criaturas pecadoras que la ira de Dios va a caer.

Cuando el Señor, santo y justo, mira a los moradores de la tierra, ve lo siguiente: Suciedad, impiedad, manos derramadoras de sangre, hombres altivos; no ve a ningún justo, ningún bueno; todo son mentirosos, todos se han perdido, todos son inútiles; y al observar esto, dice:

De ninguna manera tendré por inocente al culpable, exaltaré mi justicia; soy muy limpio de ojos, a cada uno daré según sus obras; no detendré mi mano de juzgar el pecado, de castigarlo; me es abominable el justificar al impío y condenar al justo.

Esta es la terrible y triste realidad del hombre. Ahora, tú me dirás: “Hermano, tu nos dijiste al comenzar la prédica, que iba a tratar acerca de la justificación; pero se ha empeñado en mostrar que el hombre es pecador, injusto, impío, que está condenado y que Dios lo va a castigar justamente. ¿Qué tiene que ver eso con la justificación?”

Tiene que ver, y mucho. Fue mi propósito que veamos todo esto. Y me gozo si se llegó a entender todo lo anterior; y podría concluir con las siguientes palabras, palabras que deben de salir de un corazón que conoce su culpabilidad y su castigo, las mismas palabras de Job: ¿Cómo se justificará el hombre para con Dios?.

Bien hermano, hemos comprendido todo lo anterior; ¿Qué hacemos para librarnos de tal condición? ¿Cómo podemos ser declarados justos delante de Dios?

Si ésta es la pregunta que salta en nuestras mentes, en nuestros corazones; en verdad hemos sido convencidos de la condición humana, aún los que somos creyentes, pues la respuesta va a hacer que nos gocemos y deleitemos más en Dios. Así que, Pablo aquí, responde primeramente a esta pregunta, de una manera negativa y positiva:

Negativamente

Versículo 21: “…aparte de la ley”. Bien, lo que entendemos aquí y en otros textos, es que el hombre es justificado sin las obras de la ley. Otras versiones traducen estas palabras como: Sin la ley. Esto quiere decir que esta justicia no la logramos por algo que nosotros hagamos, así nos sometamos rigurosamente a la ley.

Esto no quiere decir que esta justificación no es revelada por medio de la ley; sino que lo que dice es que se obtiene independientemente de la ley.

Esto tampoco significa que la ley ya no tenga importancia. Todo ser humano necesita una justicia perfecta para entrar al cielo, pero no la tiene. La ley nunca fue dada para justificar al hombre. Es cierto que el Señor dice: El que hiciere estas cosas, vivirá por ellas; pero ¿quién puede cumplirla perfectamente? Nadie. Así que es la ley la que muestra precisamente que no podemos y que no tenemos esa justicia.

Ro. 3:19-20: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”.

Todos aquellos que vivían bajo, y viven bajo la Ley Mosaica, no pueden de ninguna manera lograr una justicia perfecta. El hombre no la puede cumplir, fue dada para mostrar su incapacidad.

Ahora dirá, pero ¿aquellos que no tienen la ley y nunca la han escuchado? Pablo responde lo siguiente:

Ro. 2:14:“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos”.

Así que nadie puede ser justificado por sí mismo. Ninguna obra le puede recomendar a Dios para que él lo justifique.

Las Escrituras dicen que todas nuestras justicias son como trapo de menstruosa. Es decir, “nuestras mejores obras”, son inmundas para el Señor. Aún así quisiéramos comportarnos “de la mejor forma” o “hiciéramos las mayores caridades” el Señor dice: Que nos lavemos con lejía, y amontonemos jabón sobre nosotros; la mancha de nuestro pecado permanecerá delante del Señor.

Y aún hagamos todo para recomendarnos para con Dios, el problema es mucho más grave: es interno. Nosotros manifestamos lo que somos internamente, y aunque aparentemos bien, no podemos cambiar lo que nosotros somos: ¿mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas?; así también ¿ podréis vosotros podéis hacer lo bueno, estando habituados a hacer mal? Así que, no tenemos, ni podemos obtener alguna justicia delante de Dios por nuestros propios medios o esfuerzos. Entonces: ¿Cómo puede ser el hombre justificado delante de Dios?

Positivamente

Versículo 22: “…la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo”.Es en Jesucristo que podemos obtener esta justicia.

Esta justicia de Dios ya era testificada por la ley y los profetas, no es una novedad del Nuevo Testamento. Que haya mayor luz que antes, no le resta importancia. El mismo Apóstol dice: Abraham fue justificado por la fe.

Notemos que la fe no es la que nos justifica. Es simplemente el medio por el que recibimos esta justicia. No es lo mismo el agua que la tubería. El hecho de que el agua llegue a la casa por una tubería no significa que es la tubería la que apague la sed. La tubería es sólo un medio.

Entonces, si la base no es la fe ¿En base a qué Dios ha hecho posible esta justicia?

Vayamos a lo que los teólogos han llamado: El texto central de las Escrituras. Es en este texto dicen: Giran todas las Escrituras.

Versículo 24: “siendo justificados gratuitamente por Su gracia”.Tenemos aquí la referencia a un justificado. Dice que nosotros somos justificados, es decir, somos declarados justos. Y todo esto tiene un único motivo: Nada que haya en nosotros, sino solamente Su gracia. El que seamos justificados o declarados justo, se debe básicamente a Su gracia, el don gratuito que Dios da a los hombres quienes se merecen todo lo contrario. Y Pablo, para que no quepa duda de que esto no es por méritos dice: Esto es gratuitamente por Su gracia. De por sí la gracia es un regalo de Dios. No hacemos nada para recibir un regalo, de por sí el regalo es gratuito en sí mismo; pero Pablo dice: Este regalo que es gratuito lo recibimos gratuitamente.

¿De qué manera Dios puede justificar al impío, sin ser abominación para sí mismo? ¿Cómo puede ser justo, y sin embargo justificador de los pecadores? Mediante la redención que es en Cristo Jesús, esta es la manera que Dios usó para poder justificarnos.

No había otra forma en que el Dios justo y santo nos hubiera podido justificar, sólo y únicamente mediante la redención que es en Cristo Jesús. No fue un “plan B”; fue el propósito eterno, el propósito que las tres Personas de la Trinidad se habían propuesto para solucionar este problema del hombre: Justificarlos.

Tuvo que efectuarse una redención, es decir, tuvo que realizarse una liberación a través de un pago. Esto denota que hemos sido liberados de: La esclavitud del pecado; de la esclavitud del diablo; de la condenación.

Ya el rescate ha sido comprado; la redención ha sido efectuada en Cristo Jesús. El Mesías tenía como misión venir y rescatar a los hombres perdidos. Él mismo dijo que venía por los pecadores, venía por los injustos.

El sacrificio de Cristo Jesús es la substancia de nuestra justificación. Es a través de Su sacrificio vicario que nosotros somos justificados.

Pero Pablo no se queda allí, sino que prosigue en la manera en que Dios efectúa esto, y nos dice:

Versículo 25: “a este Cristo Jesús, Dios lo puso como propiciación por medio de la fe en su sangre”. Esto es, que Dios dispuso al ser más sublime de los cielos para que fuera el que aplacara Su santa y justa ira para con los pecadores.

Dios puso de manera pública a Su Hijo amado para que fuera el que satisficiera Su ira; ya no era necesario el sacrificio de animales, ni aun el mismo hombre podía hacerlo, sino solamente un ser inmaculado y limpio, libre de toda culpa, en quien el Padre tuviera su complacencia, es decir, Cristo era el único ser en toda la eternidad que podía efectuar esta obra; ya no sólo cubrir la ira de Dios, como en el Antiguo Testamento lo hacían los machos cabríos, sino que aplacarla, apaciguarla, bebiendo toda la ira de Su Padre para redención de un pueblo.

Y así como en el Antiguo Testamento, era derramada la sangre de los animales sobre el propiciatorio, ahora la sangre del Cristo crucificado es la que ha hecho eterna propiciación, pues Su sangre habla mejor que la de Abel y porque con una sola ofrenda hizo perfectos a los santificados, es decir, a los que tienen fe en Su sangre.

El Padre, fue quien cargó en él nuestros pecados, fue en él que cayó nuestro castigo; el castigo de nuestra paz fue sobre Él. Cristo ha hecho la paz para con Dios; y no solamente Él ha hecho la paz, sino que también Pablo nos dice en Efesios: Cristo es nuestra paz. Cristo es el que es nuestra paz, y el que efectúa nuestra paz para con Dios.

El eterno, bendito y deseable Hijo de Dios, fue colgado de un madero; se hizo maldición por los malditos; fue tratado como pecador, por los pecadores; fue tratado como injusto por los injustos.

Ha derramado Su sangre, no significa que el líquido rojo que corría por su cuerpo nos justifica; sino que la sangre significa la vida. Cristo dio su vida voluntariamente; no fue forzado, no fue algo que él no quiso, sino que dice: Yo de mi mismo pongo mi vida, y tengo poder para volverla a tomar. Fue un acto voluntario en amor, que Cristo Jesús, cargó con nuestros pecados y fue castigado por los injustos.

Todo esto es evidente en toda Su vida. Una vida perfecta, recta, santa, justa; no sólo delante de los hombres, sino también delante de Dios, con un único propósito: Ser el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En la cruz, llega al clímax de su obediencia; es cuando es levantado y castigado por Su Padre por nuestros pecados, donde Su sacrificio y el propósito de vida llega a su plenitud.

Esas palabras que él expresa: Dios mío, Dios mío; ¿por qué me has desamparado? Nadie, en toda la historia, puede explicar lo que sucedió plenamente en esa cruz. Nunca nadie va a poder entender estas palabras expresadas por la boca del Salvador. El Padre lo estaba quebrantando, lo estaba triturando, lo estaba castigando. El Padre lo desamparó, y lo humilló públicamente. Palabras de dolor y de castigo, son expresadas en esta frase.

Y también encontramos en ese sacrificio, palabras de victoria para nosotros los injustos: Consumado es, consumado es. El cristo Crucificado dice:Todo está pagado; he satisfecho la justicia divina por los pecadores; las demandas de la ley para con los injustos ha sido saciada; he pagado con mi vida, he derramado mi sangre hasta lo último; todo está pagado, no tienen que hacer nada, solamente creer en mi sacrificio; ¡Consumado es!

Y es también con Su resurrección, que Cristo vindicó la justicia divina. La escritura nos dice: Cristo resucitó para nuestra justificación. Si Cristo no hubiera resucitado aún estaríamos en nuestros pecados, aún andaríamos esclavos de ellos, y la ira de Dios estuviera sobre nuestras cabezas. Pero Cristo fue levantado de entre los muertos, mostrando que Dios ha aceptado su sacrificio, que ha satisfecho la justicia divina, y que puede dar redención eterna a todos los que en él creen.

Esto es lo que significa: Que Dios lo puso como propiciación por medio de la fe en Su sangre.

Pero, encontramos un propósito por el cual Dios lo hizo: Para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.

Aquí encontramos el propósito por el cual Cristo es la redención, y por el cual Dios lo exhibió públicamente: Era para manifestar Su justicia.

Dios es justo y el propósito eterno por el cual el Señor iba a ser muerto era para exaltar la gloria de la justicia de Dios.

Notemos algo aquí en el texto, de que el hecho de que Dios manifieste Su justicia, es porque había pasado por alto los pecados pasados, en base a Su paciencia. Desde que el hombre cayó, hasta que Cristo vino, Dios en Su paciencia, en su longanimidad decidió condenarlos en un tiempo específico de la historia, y en una persona específica. Durante todo este tiempo el Señor se mostró paciente para con los hombres, no escondió los pecados debajo de la alfombra, o los metió en una bolsa y los echo al fondo del mar, ni se olvidó de ellos. Sino que todas las transgresiones de los que fueron salvados anteriormente, fueron castigadas en Cristo.

Pero, no solamente con los que vivieron en el periodo antiguo testamentario es que se manifiesta esta justicia en Cristo, sino que también:

Versículo 25: “Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia”.Aún los creyentes que se salvan después de Cristo, se salvan por la manifestación de la justicia de Dios en la persona y obra de Jesucristo.

Dios manifiesta Su justicia en que ahora a nosotros también nos llega la noticia de que Cristo fue inmolado en la cruz y que pagó para el rescate de los pecadores. Los creyentes, bajo el Antiguo y Nuevo Pacto, sólo y únicamente se salvan por medio del sacrificio sustitutorio de Cristo, a través del derramamiento de Su vida, a través de que Él ha sido castigado por los pecados de Su pueblo.

El Señor manifiesta la gloria de Su justicia de eternidad a eternidad. Las abundantes riquezas de la gracia de Dios es manifiesta para los hombres, de todos los tiempos, en la persona de Jesucristo. En un solo momento de la historia, se hace patente y real la manifestación de la justicia de Dios para todo aquel que cree.

Toda la sabiduría divina es manifiesta en el sacrificio de Jesucristo, Su sangre derramada, Su vida expuesta a la vista de toda la humanidad, que Él cargue el castigo de Su pueblo nos habla y nos dice ahora de que, de que ahora Dios es: Es el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

De esa manera es que Dios sigue siendo justo y puede justificar al que es de la fe en Jesús. La pregunta que teníamos al inicio: ¿Cómo se justificará el hombre para con Dios?, en Cristo es respondida. La persona de Cristo exalta la justicia divina, y ahora el hombre pecador puede ser declarado justo.

Decimos entonces que:

La justificación es una obra de la libre gracia de Dios hacia los pecadores, en la queperdonatodos sus pecados, acepta y toma en cuenta los tales como justos en Su presencia; no por ninguna obra hecha, ni por nada en el pecador, sino sólo a cuenta de la perfecta obediencia y completa satisfacción de Cristo, imputadapor Dios al pecador y recibida sólo por la fe (Catecismo Menor).

La justificación es la declaración de Dios de que todas las demandas de la ley ha quedado satisfechas en beneficio del pecador creyente, por medio de la justicia de Jesucristo. La justificación es una transacción de carácter puramente legal, en la que se cambia la situación judicial del pecador delante de Dios. En la justificación, Dios imputa la justicia perfecta de Cristo a la cuenta del creyente y luego declara a la persona redimida como plenamente justa” (John MacArthur).

Esta es pues, también, una de las doctrinas más preciosas, preciadas y amadas en las Escrituras. No idolatramos la doctrina, sino que amamos lo que nuestro gran Dios nos ha mostrado a través de esta gran verdad.

A la luz de haber visto la realidad del hombre, de que éste no puede justificarse así mismo delante de Dios, su grito de desesperación; al ver que el Señor es quien obra para reconciliar consigo mismo a los hombres, para justificarlos y limpiarlos de toda maldad, pregunto: ¿Quisiéramos tener parte alguna en la justificación? ¿Quisiéramos hacer algo para ser justificados? ¿Aún seguiremos pensando que Dios nos salvó por lo que nosotros hicimos?

Sería necio y hereje pensar tal cosa, mas bien, preguntemos como Pablo:

Versículo 27: “¿Dónde pues está la jactancia? Queda excluida. Por cual ley, ¿por la de las obras? No, sino por la de la fe”.El hombre nada tiene de qué enorgullecerse, nada tiene de qué vanagloriarse. ¿Donde está el motivo de gloriarnos? No hay ninguno, pues nosotros no tuvimos parte en esta obra de justificación. Solamente somos beneficiarios de ella. Por lo cual no queda lugar para decir: Yo hice esto, o yo recibí a Cristo por eso Dios me salvó. Si seguimos pensando de esa forma, tengamos por cierto que desechamos la gracia de Dios; pues la salvación ya no sería por gracia, sino por obras; pero antes, sea todo hombre mentiroso y Dios veraz. La salvación es sólo a través de Cristo, nos apropiamos de ese sacrificio por la fe que Dios nos da para depositarla en Cristo.

Todo don perfecto, proviene del Padre de las luces. No proviene de nosotros, sino que sola y únicamente de Dios.

Versículo 28: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley”. Ésa es la conclusión de todos los cristianos. Que han sido justificados por medio de la fe, por el instrumento que Dios les dio y la fuerza que les dio para ejercerla para con Cristo. Ahora Dios les aplica los méritos de Cristo a ellos.

La justificación es un acto legal. La justicia perfecta obtenida por Cristo es puesta a nuestra cuenta. No regresamos al estado que estuvo Adán, un estado neutral; sino que la posición legal que tenemos ahora delante de Dios es mucho mayor que la de Adán. Tenemos la vida del justo en nosotros. Dios ha puesto a nuestra cuenta la obediencia perfecta de su amado hijo. Ahora ya no nos ve como nosotros, sino que nos ve como Cristo; hemos sido revestidos de la justicia de Cristo.

El “problema real” con la salvación, por así decirlo, no era la cuestión de hacer que hombres pecadores alcanzaran a un Dios santo, sino mas bien que u Dios santo estuviera dispuesta a aceptar hombres pecadores sin contravenir su justicia. Fue únicamente por medio de la cruz que Dios pudo proveer una redención completamente justa para los hombres pecadores; pero de una importancia inmensamente mayor era que la cruz demuestra para siempre que Dios tiene a la vez justicia suprema y gracia suprema. En primer lugar y ante todo, Cristo murió para que todo el mundo viera que ni la santidad ni la justicia de Dios han quedado abrogadas. Dios tiene integridad perfecta y absoluta. La cruz fue la vindicación definitiva de la justicia y rectitud de Dios. El más incomprensible de todos los misterios espirituales es el de un Dios santo y justo que provee redención para los hombres pecadores, y que en ese acto de gracia no viola ningún atributo de su naturaleza sino que trae gloria suprema para Él mismo”. (John MacArthur).

Aplicaciones

  1. La doctrina de la justificación por la fe es un motor para nuestra gratitud. Evaluemos por un minuto nuestras vidas, teniendo memoria de nuestras injusticias. ¿Sabes por qué Dios decidió en Su soberanía darte esa justicia que no merecías? Si encuentras la respuesta por favor dímela porque yo no la sé. Lo único que sé es que la razón no estaba en nosotros, pues hemos sido injustos delante de Dios. Alabada sea la gloria de Su gracia. Que el amor de Dios en Cristo nos constriña a vivir más para Él.

  2. La doctrina de la justificación por la fe es un motor para nuestra confianza. Si Dios nos dio a Su Hijo como la base de nuestro perdón y justificación ¿Cómo no nos dará también con el sustituto lo que necesitamos para nuestra santificación? Si nos declaró justos y nos aceptó por los méritos del Sustituto, ¿Cómo no nos dará también con el Sustituto lo que necesitamos para Él hacernos justos por Su Espíritu?
  3. Por otro lado, haciendo el balance, no olvides amado hermano que fuimos justificados no por ser santos (éramos injustos), sino que fuimos justificados para ser santos y reflejar en nuestras vidas la realidad de que somos inocentes ante Dios. La santificación en tu vida demostrará si has sido justificado en el tribunal divino. Este es el punto de Pablo en Romanos 6. Después de mostrar que somos justificados sólo por la fe sin las obras de la ley, pregunta: ¿Pecaremos para que la gracia sobreabunde? De ninguna manera, pues si hemos muerto al pecado, ¿Cómo viviremos en él? Deberíamos reflejar con nuestras vidas que hemos sido justificados ante Dios.
  4. La doctrina de la justificación por la fe es un motor para nuestra seguridad. Muchos son los creyentes que caen en depresión porque creen que su aceptación ante Dios depende de su santificación. Mis pecados y mis debilidades no me pueden separar de Cristo; muchos menos influyen en mi declaración de inocencia. Mi aceptación ante el tribunal divino no depende de lo que hago o deje de hacer, sino de lo que Cristo hizo por mí. Esta bendita verdad fortalece mi seguridad de salvación.

Junior Cuya

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