El Problema del ” Libre Albedrio” y de los que predican esta idea humanista

Extraido de http://estiempodedespertar.blogspot.com/search/label/IBRR

 

Venimos hablando de la depravación radical del hombre y de cómo afectó al

ser humano la caída. La semana pasada comenzamos con este tema. En este

estudio, vamos a profundizar un poco más en uno de los aspectos de la

depravación, y vamos a ver como es que el pecado afectó – y hasta que punto

lo hizo – a la voluntad humana. Principalmente, vamos a dirigir nuestro estudio

al asunto del libre albedrío.

 

¿Puede elegir el hombre a Dios? ¿Tiene el hombre “libre albedrío”, “libre

arbitrio”, para escoger a Dios o rechazarlo? ¿Es lo suficientemente libre la

voluntad humana, cómo para inclinarse a Dios? ¿Es el hombre un ente moral

libre que puede buscar a Dios por sí mismo?

 

 

Primeramente, ¿Que es el “libre albedrío”?

 

Vamos a ir un poco más atrás, ¿Cómo se formó la idea del libre albedrío?

Empezó con los griegos. Platón creía que el alma era algo muy puro, y

separaba el alma del cuerpo. “El cuerpo es malo, y el alma casi divina”.

Aristóteles, por su parte, enseñó que la voluntad funcionaba aparte, o

independientemente de la mente y las emociones. Los griegos creían también

que los dioses manipulaban las vidas de los hombres, y entonces, los hombres

no tienen responsabilidad por sus actos, esto se llamó ‘fatalismo’.

 

Posteriormente, Orígenes, quien fue considerado uno de los “padres de la

Iglesia” de los primeros siglos, fue influenciado por las enseñanzas de Platón, y

presentó un estudio acerca de la voluntad del hombre y su responsabilidad,

estudio que sirvió de base para las enseñanzas de Pelagio. En su estudio,

entre muchas cosas, escribió: “El libre albedrío es la facultad de la razón para

discernir el bien y el mal, y de la voluntad para escoger lo uno de lo otro”

(Orígenes – “De principiis. Libro III”)”. Esto es lo que entienden por “Libre

Albedrío” la mayoría de los cristianos hoy día. En tiempos de la Reforma

Protestante, Martín Lutero y Calvino, entre otros, destruyeron tales ideas. No

obstante, poco después Jacobo Arminio hizo resurgir las enseñanzas griegas,

originianas, y pelagianas acerca del libre albedrío.

 

1) Vamos a centrarnos ahora, en la razón o entendimiento del ser

humano.

 

¿Puede el hombre, partiendo de su razón o entendimiento, hacer tal

diferenciación entre aquello que agrada a Dios, y aquello que no le agrada, y

escoger así lo que Dios quiere?

 

El ser humano posee, en parte, un verdadero conocimiento de la voluntad de

Dios. De manera que cualquier ser humano sabe, por la misma conciencia

puesta por Dios, sabe que matar es malo (Romanos 2:14, 15). Esto es parte de

lo que los teólogos denominan “Gracia Común”. Más adelante ahondaremos en

este asunto, pero por el momento basta con que nos quedemos con esto: que

por la gracia común de Dios, a pesar de estar caídos, los hombres no han

perdido totalmente la conciencia de lo que es agrada y desagrada a Dios.

 

La pregunta sería, ¿es este entendimiento suficiente? Juan Calvino, en su libro

“Institución de la religión cristiana” escribió lo siguiente: “Si de hecho

confrontamos nuestro entendimiento con la ley de Dios, que es la norma

perfecta de justicia, veremos cuanta es su ceguera”

 

¿Puede el hombre con su razón y entendimiento comprender las cosas de

Dios?

 

Leeremos algunos textos que nos hablan del entendimiento del hombre y,

particularmente, vamos a analizar algunas palabras que nos servirán para

echar luz sobre el asunto.

 

a) Percibir.

 

1 Corintios 2:14 “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del

Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se

han de discernir espiritualmente.” (RVA 1960)

 

Otras versiones traducen este texto de la siguiente manera,

 

“Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para

él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen

espiritualmente.” (LBLA)

 

“Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son

insensatez; ni las puede conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente.”

(VM)

 

“El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues

para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo

espiritualmente.” (NVI)

 

Ahora, antes de avanzar, es necesaria una aclaración. Ustedes lo saben, como

hay muchos que dicen ser cristianos, y conocen muchas cosas acerca del

Cristianismo, aunque con sus vidas dan clara evidencia de que no han nacido

de nuevo. Estos, con su entendimiento humano, comprenden el orden de las

cosas. Ustedes pueden preguntarles acerca de la vida de Jesús, la historia

bíblica, y la ley moral de Dios, y ellos podrán hablar largamente acerca de

todos estos asuntos. Intelectualmente, lo comprenden a la perfección, y quizás

su teología sea muy buena. Pero, ¿es esto suficiente? ¿Es esto ‘percibir las

cosas que son del Espíritu’?

 

Cuando 1 Corintios 2:14 dice que “el hombre natural no percibe las cosas que

son del Espíritu de Dios” no habla de una comprensión que el ser humano sí

pueda tener. No habla de un mero asentimiento intelectual a las verdades del

Evangelio. ¿Es necesario este asentimiento? Sí, por supuesto. Pero aquí Pablo

nos habla de algo más profundo. Habla de un percibir “las cosas que son del

espíritu de Dios” que nos lleva a la salvación y a una auténtica adoración de

Dios. Este ‘percibir’ va más allá de una confesión externa, de “Señor, Señor”. Y

este ‘percibir’ es algo que el hombre que no nació de nuevo no puede hacer.

¿Por qué digo que no puede hacerlo? Bueno, no soy quien lo dice, sino el

Apóstol Pablo: para el que no nació de nuevo, las cosas espirituales “para él

son locura, y no las puede entender”.

 

Detengámonos un poco en esta palabra, ‘percibir’. ¿Qué significa?

El diccionario de palabras griegas Vine, nos dice que ‘percibir’ (En griego,

‘déjomai’) significa:

 

“Recibir mediante una recepción deliberada y bien dispuesta de

aquello que es ofrecido…. Tomar con la mano, asir, recoger,

apoderarse de… Recibir, dicho de un lugar recibiendo a una

persona, de Cristo en los cielos… acoger a alguien como visitante

ofreciendo hospitalidad”

 

El hombre natural puede entender – por ejemplo – que Jesús miró en una cruz,

pero no puede entregar sus pecados y su vida entera al Jesús que murió en la

cruz. Este es un ‘percibir’ que el hombre natural no puede hacer:

¿Qué es aquello que es del Espíritu de Dios, y que no puede percibir?

 

– La palabra de Dios –

 

Hechos 8:14; “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que

Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan”

Hechos 11:1; “Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que

también los gentiles habían recibido la palabra de Dios.”

 

1ª Tesalonicenses 11:1; “Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del

Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu

Santo”

 

En todos estos textos se usa la misma palabra, aquí usa las mismas palabras o

palabras derivadas de la misma, ‘déjomai’. En estos casos estos hombres

habían “recibido” la Palabra, ¿cómo fue esto posible? Más adelante

profundizaremos en esto, por ahora diremos lo que nos dice el Apóstol: Sólo

mediante la acción del Espíritu Santo es posible ‘déjomai’ la palabra de Dios,

“se han de discernir espiritualmente”.

 

– El Reino de Dios –

 

Marcos 10:15; “De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un

niño, no entrará en él.”

 

– La gracia de Dios –

 

2 Corintios 6:1; “Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os

exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios.”

 

– El amor a la verdad –

 

2 Tesalonicenses 2:10; “y con todo engaño de iniquidad para los que se

pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.”

 

b) Entender.

 

Otra palabra que vemos en 1 Corintios 2:14 es la palabra “entender”. Dice

“para él son locura, y no las puede entender”.

 

“Entender”, es la palabra griega ‘ginósko’. Según el Vine, significa

“conocer, venir a conocer, entender… conocer por experiencia y observación”

Esta palabra, ‘ginósko’, nos habla de un conocimiento o entendimiento fruto de

una experiencia, de una observación. Es como aquél que dice ‘Conozco

Rosario’ ‘¿Estuviste de visita?’ ‘No, pero se ubicarlo en el mapa, se de sus

calles, parques; y me han contado mucho acerca de ella…’ Ese ‘conocer’ es

muy diferente al que dice ‘Conozco Rosario. Nací allí, estuve allí. La conozco,

yo la vi con mis propios ojos’. Esto es lo que decían los primeros cristianos

acerca de su Señor, y lo que dice cada verdadero cristiano, “… lo que hemos

oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y

palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida.” (1ª Juan 1:1)

 

Este ‘entender’, según el Compendio del Diccionario Teológico del NT, de

Gerhard Kittel:

 

“Enfatiza la comprensión más que la percepción sensorial, se trata de una

percepción de las cosas tales como son, y no de una opinión con respecto a

ellas. Incluye el ver, el oír, la investigación o la experiencia”

 

Y, de nuevo, así como el hombre no puede ‘percibir’ – nos dice Pablo –

tampoco puede ‘entender’ las cosas que son del Espíritu de Dios. No puede

hacerlo de forma experimental, de forma real y verdadera. Y esto, “para él son

locura”. ¿Por qué para él es locura? “porque se han de discernir

espiritualmente”

 

La palabra que nuestras Biblias traducen “Discernir” es la palabra griega

“anakrinetai” o su adaptación contemporánea “anakríno”. Significa, según el

diccionario Strong “escudriñar, investigar, interrogar, determinar, discernir,

juzgar.”

 

Por lo que queda claro que el “hombre natural”, puede entender

intelectualmente cosas de Dios, datos históricos, relatos, etc. Pero no puede

conocer o percibir esta verdad al punto de entregar sus pecados y su vida

entera al Jesús que murió en la cruz, para él esto es “locura”, es imposible. No

puede llegar a un conocimiento a través de la experiencia con el Espíritu de

Dios, es ajeno a esto.

 

¿Por qué?

 

Porque el hombre es incapaz en su razón o entendimiento humano para

“anakrinetai” (“escudriñar, investigar, interrogar, determinar, discernir, juzgar”)

las cosas del espíritu de Dios.

 

Estas solo se pueden “anakrinetai” espiritualmente, sólo por el Espíritu de Dios.

La razón o entendimiento pueden servirle al hombre para muchas cosas, pero

cuando se trata de conocer a Dios, la razón o entendimiento son insuficientes e

incapaces.

 

La razón o entendimiento humano hace mentira que le hombre tenga “libre

albedrío” para buscar a Dios.

 

Esto lo confirma la Palabra: Romanos 3:11, “No hay quien entienda, No hay

quien busque a Dios.”

 

Y también podemos ver que la Palabra habla claramente que el entendimiento

del ser humano está en tinieblas en los siguientes textos: 2 Corintios 4:4;

Efesios 4:17-19

 

Solo Dios lo puede volver a iluminar para que entiendan (Efesios 1:18; Lucas

24:45).

 

Efesios 1:18, “… alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que

sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la

gloria de su herencia en los santos”

 

Lucas 24:45, “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las

Escrituras.”

 

2) ¿Y qué de los deseos del hombre?

 

Si la razón y el entendimiento humano no pueden guiar a la voluntad del

hombre a elegir a Dios ¿podrán nuestros deseos humanos? ¿Podrán los

deseos de nuestra carne desear a Dios y las cosas de Dios?

 

Conforme nos adentramos en las Escrituras, vemos que sus deseos carnales

solo se inclinan a este mundo. Es más, no solamente tienen una pequeña

inclinación al mundo, sino que son absolutamente contrarios al Espíritu de Dios

(1 Juan 2:16, 17; Juan 8:44; Gálatas 5:17; Romanos 8:7-8; Efesios 4:22).

1ª Juan 2:16-17, “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne,

los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino

del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de

Dios permanece para siempre.”

 

Juan 8:44, “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro

padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha

permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira,

de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”

 

Romanos 8:7-8, “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra

Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que

viven según la carne no pueden agradar a Dios.”

Es Dios quien en la conversión pone nuevos deseos por Él mismo.

 

Filipenses 2:13, “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como

el hacer, por su buena voluntad.”

 

3) ¿Existe entonces el ‘Libre albedrío’?

 

Si el entendimiento y la razón del hombre están entenebrecidos, y sus deseos

son contrarios al Espíritu de Dios, ¿como hace la voluntad para elegir a Dios?

 

Arthur Pink, autor de diversos libros, y predicador bautista del siglo pasado, nos

dice “En todo acto de la voluntad hay una preferencia: el desear una cosa más

que otra. Querer es escoger y escoger es decidir entre varias alternativas. Pero

hay algo que influye en la elección, algo que determina la decisión. Por eso la

voluntad no puede ser soberana, porque es sierva de ese algo” (Arthur Pink –

“La soberanía de Dios”. Pag. 122-128).

 

La voluntad está sujeta al entendimiento y los deseos. Sólo un loco elige sin

sentido, sólo aquellos que tienen serios problemas psiquiátricos eligen y actúan

sin basarse en su razón, entendimiento, y deseos.

 

Pero si los deseos y el entendimiento están corrompidos y en tinieblas ¿existe

el libre albedrío? ¿Puede el hombre aceptar a Dios?

 

Rechazarlo sí que puede, y – de hecho – es lo único que hacen, tal como lo

vemos el Romanos 1. Pero no puede, como vimos en 1 Corintios 2:14

“percibir”, ni “entender” ni “discernir” a Dios.

 

El reformador Martín Lutero, expresó esto de la siguiente manera: “El hombre

perdió la libertad, está obligado a servir al pecado, y no puede querer un ápice

de lo bueno” (Martín Lutero – “De Servo Arbitrio o La esclavitud de la voluntad”).

Ahora, algo que es importante aclarar: No negamos que pueda escoger. No

negamos que el ser humano tiene la facultad de escoger. Lo que sí negamos

es que pueda escoger el bien.

 

Este es el testimonio de las Escrituras, como hemos visto en los textos arriba

mencionados, y es también el testimonio del cristianismo histórico. Si bien no

basamos nuestra fe en palabras de hombres, sino solamente en la Escritura,

reconocemos y valoramos aquello que nos dice el Apóstol en su epístola,

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en

estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el

día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones;

entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de

interpretación privada…” (2ª Pedro 1:19-20). Es por esto que, aunque basamos

nuestra fe sólo en las Sagradas Escrituras, y sólo ella es nuestra regla y norma

de fe, citamos a antiguos cristianos, padres de nuestra fe, y hombres que Dios

ha usado a lo largo de nuestra historia, a fin de mostrar que la “enseñanza”

acerca del libre albedrío, entendiendo este como la libertad y capacidad del

hombre para elegir a Dios, es ajena tanto a las Escrituras, como a la fe

histórica evangélica y protestante.

 

Es claro que la voluntad humana sólo tiene su naturaleza carnal para escoger,

entonces ¿qué escogerá?

 

Gálatas 5:19-21, “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio,

fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos,

celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios,

borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os

amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no

heredarán el reino de Dios.”

 

El pecador es esclavo de su naturaleza corrompida, por consiguiente del

mundo y tiene como amo final a Satanás, quién es el príncipe este mundo.

(Efesios 2:1-3; 2 Timoteo 2:25, 26; Juan 8:44).

 

Para finalizar este punto, escuchen el testimonio de los cristianos a través de

los siglos:

 

“Si con las palabras ‘libertad del hombre’ quieren decir que nadie lo fuerza a

rechazar al Señor, esta libertad existe plenamente. Pero si se dice que a causa

del dominio del pecado, del cual es esclavo, y esclavo voluntario, no puede

escapar de su estado, y escoger lo bueno, entonces no tiene libertad alguna.

La voluntad no es soberana; es una sierva, porque está influida y controlada

por las demás facultades del ser humano” (Arthur Pink – “La soberanía de

Dios”. Pág. 135).

 

“Todo mundo sabe que la voluntad es dirigida por el entendimiento, que es

llevada a la acción por motivos, que es guiada por otras partes del alma, y que

es una potencia secundaria [cuando Adán cayó, y con él toda la raza humana]

su imaginación perdió su poder maravilloso de elevarse hacia las cosas

celestiales y ver el cielo, su voluntad perdió el poder que tenía para elegir

siempre lo bueno, su juicio perdió toda la habilidad anterior de discernir entre

el bien y el mal, de manera decidida e infalible, aunque algo de eso fue retenido

por la conciencia; su memoria quedó contaminada, sujeta a recordar lo malo y

olvidar lo bueno; todas sus facultades perdieron el poder de la vitalidad moral.

La bondad, que era la vitalidad de sus facultades, despareció. La virtud, la

santidad, la integridad, todas estas cosas, eran la vida del hombre; pero

cuando desaparecieron, el hombre murió. […]Cualquiera que crea que la

voluntad del hombre es enteramente libre, y que puede ser salvo por medio de

esa voluntad, no cree en la caída. Como se los he repetido a menudo, muy

pocos predicadores de la religión creen en verdad completamente en la

doctrina de la caída, o bien creen que cuando Adán cayó se fracturó su dedo

meñique, y no se rompió el cuello arruinando a toda su raza. Pues bien,

amados hermanos, la caída destruyó al hombre enteramente.” (Charles

Spurgeon, sermón predicado el día 2 de Diciembre de 1855, “El Libre Albedrío:

Un esclavo.”)

 

“Si estamos bajó el dios de este siglo, sin la obra y el Espíritu del Dios

verdadero, estamos cautivos a voluntad de él”, como dice Pablo a Timoteo, de

modo que no podemos querer sino lo que él mismo quiere. Pues dios de este

siglo es aquel “hombre fuerte armado que guarda su palacio de tal manera que

están en paz aquellos que son su propiedad”, a fin de que no conciten contra él

movimiento o pensamiento alguno; de otra manera, el reino de Satanás,

dividido contra sí mismo, no podría permanecer, y Cristo afirma sin embargo

que permanece. Y esto lo hacemos espontánea y gustosamente, por la misma

naturaleza de la voluntad que, de sufrir coacción, no seria voluntad. Pues la

coacción es más bien (por decirlo así) una Noluntad. Pero “cuando viene otro

más fuerte que él y lo vence y nos lleva a nosotros como su botín”, somos otra

vez siervos y cautivos de Dios mediante su Espíritu (lo cual sin embargo es

libertad de reyes), de modo que queremos y hacemos gustosos lo que él

mismo quiere. Así la voluntad humana es puesta en medio cual bestia de

carga: si se sienta encima Dios, quiere lo que Dios quiere y va en la dirección

que Dios le indica, como dice el Salmo: “He sido hecho como una bestia de

carga, y siempre estoy contigo”; sí se sienta encima Satanás, quiere lo que

Satanás quiere y va en la dirección que Satanás le indica. Y no está en su libre

elección correr hacia un jinete u otro y lo, sino que los jinetes mismos se

disputan su adquisición y posesión.” (Martín Lutero, “De Servo Arbitrio o la

Esclavitud de la voluntad”)

 

“¿Tenemos nosotros una voluntad? Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo,

si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el

poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío.

Si quieres decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos

para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de

Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre

albedrío es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser

humano.” (Cita de Juan Calvino por R. C. Sproul en “La cautividad pelagiana de

la Iglesia”)

 

¿Escogerá la voluntad creer? ¿Escogerá amar a Dios? ¿Escogerá a Dios antes

que el mundo?

 

Según Gálatas 5 la fe no es una obra de la carne sino un fruto del Espíritu

(5:22). ¿Entonces cómo puede ser que Dios le pida esta obra a un ser

humano?

 

4) Solo por la predicación de evangelio

 

“Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la

sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.”

(1Cor 1:21) El hombre solo se salva por medio de “la locura de la predicación”

del evangelio. Ningún método salva, solo el evangelio. Dios decretó que el

hombre no llegue a conocerlo por medio de su propia sabiduría, o capacidades

intelectuales como vimos hace un momento. Esto es algo que Dios decretó,

estableció.

 

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado

la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”

(Rom 5:12) El pecado de Adán fue imputado a nosotros, nuestros pecados

fueron imputados a Cristo, y la justicia de Cristo fue imputada a nosotros.

Pablo le dice a los creyentes de Éfeso: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor:

que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su

mente” (Efesios. 4:17) El hombre anda en ignorancia y tinieblas, es parte de lo

que es ¿Por qué Dios lo juzga si es ignorante; no seria el hombre una victima si

Dios lo juzga a pesar de que es ignorante de Dios? ¡No! Debemos entender

que el hombre es así por la dureza de su corazón. (Rom 1:18) Es ignorante

porque quiere ser ignorante, porque odia a Dios. No quiere la verdad porque lo

convence de su pecado, se esfuerza tenazmente por suprimirla y justificarse a

si mismo. En Génesis 37:4 vemos ilustrada esta verdad, el texto dice “Y viendo

sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le

aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente.” Ellos no podían hablarle

pacíficamente, porque le aborrecían. El hombre es esclavo del pecado porque

quiere, por su propia culpa y responsabilidad. No puede acercarse a Dios

porque aborrece a Dios, y su aborrecimiento, odio, desprecio, no se lo permite.

¿Es el hombre victima del juicio de Dios? No; el hombre no puede acercarse a

Dios a causa de su odio hacia Dios.

 

¿Por qué el hombre odia a Dios? porque Dios es bueno y el hombre malo.

(Rom 1:18) Cuando la verdad viene a él, trata de detenerla, cambiarla, porque

la odia, porque proviene de Dios. (Juan 3:3) El hombre esta muerto, ciego, y a

menos que vuelva a nacer, no puede ver el reino de Dios.

 

Surge quizás en alguno la pregunta: ¿Por qué Dios quiso que esto fuera así,

decretó que la humanidad permaneciera en esta ignorancia? En Isaías 43:11 y

1Cor 1:31 encontramos la respuesta a este interrogante, “Yo, yo Jehová, y

fuera de mí no hay quien salve”, “para que, como está escrito: El que se gloría,

gloríese en el Señor.” ¡Para ser Dios el único salvador! ¡Agradó a Dios, decretó

sujetar al hombre a ignorancia y salvarlo solo por medio de la locura de la

predicación del evangelio! Solo por medio de una obra sobrenatural del Espíritu

Santo puede el hombre obtener la fe salvadora para creer la locura de la

predicación. Es necesario entender esto, ¡el Evangelio es una locura! Es, como

dice John MacArthur, “Difícil de creer”. Acerca de este asunto Paul Washer dice

“… el Evangelio es un mensaje absolutamente increíble. Un aviso absurdo para

los sabios del mundo. Como cristianos muchas veces fallamos en darnos

cuenta lo absolutamente extraordinario que es cuando alguien cree nuestro

mensaje. En un sentido, el Evangelio llega tan lejos que su propagación en el

Imperio Romano es prueba de su naturaleza sobrenatural. Que alguna vez

pudiera atraer a un gentil, completamente ignorante del Antiguo Testamento, y

arraigado en filosofía griega o en superstición pagana, y llegue a creer en un

mensaje tal, sobre un hombre llamado Jesús… Él nació bajo circunstancias

cuestionables, en una familia pobre, en una de las regiones más despreciadas

del Imperio Romano, y sin embargo, el Evangelio declara que Él era el eterno

Hijo de Dios y que fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de una

virgen. Fue un carpintero de profesión, un maestro religioso itinerante sin

instrucción formal, y sin embargo, el Evangelio declara que Él superó la

sabiduría conjunta del filósofo griego y de los sabios romanos de la antigüedad.

Fue pobre y no tenía donde reposar su cabeza, y sin embargo el Evangelio

declara que por tres años alimentó a miles por palabra, sanó todo tipo de

enfermedades entre los hombres y hasta levantó a los muertos. Fue crucificado

fuera de Jerusalén como un blasfemador y un enemigo del Estado, y aún así, el

Evangelio declara que Su muerte fue el evento fundamental en toda la historia

de la humanidad, y el único medio para la salvación del pecado y la

reconciliación con Dios. Fue colocado en una tumba prestada, y sin embargo,

el Evangelio declara que al tercer día resucitó de entre los muertos y se

presentó a muchos de sus seguidores, y a los cuarenta días ascendió al cielo y

se sentó a la derecha del Altísimo Majestuoso. De esta manera el Evangelio

declara que un carpintero judío y pobre, que fue rechazado como un lunático, y

considerado un blasfemador por Su propio pueblo, y crucificado por el estado,

es ahora el Salvador del mundo, el Señor de señores, y el Rey de reyes, y a Su

nombre, toda rodilla se doblará, incluyendo los Césares.” (Sermón titulado

“Regeneración Vs. Decisionismo)

 

Algunos aún objetan la doctrina de la depravación humana. Algunos aún dicen

que la imputación del pecado de Adán es injusta. Esto es cuestionar el

proceder de Dios, y es un pecado gravísimo. La prueba de la raza fue

representativa, es decir, Adán representó a todos los hombres; y como hemos

visto en estudios pasados en Romanos 5, cuando Adán pecó, todos pecamos

en Adán. Cuestionar tal cosa es blasfemia, es pretender pararnos en la silla del

Creador, es decir que nosotros hubiéramos hecho las cosas mejor que Dios,

que seriamos mejores creadores y más inteligentes. ¡Tan solo pensar así en un

gran insulto a la soberanía de Dios! Entendamos de una vez por todas que la

mente de Dios no es la nuestra.

 

La Biblia enseña esta doctrina, de la depravación humana, con total claridad.

Ella nos enseña que los hombres son enemigos de Dios. En Apocalipsis 20:7 y

los versos que le siguen encontramos que es lo que sucederá cuando Dios

retire su gracia común de los hombres: Todos se volverán contra Dios e

intentaran matarlo. ¡Su aborrecimiento será tal que intentarán matar a Dios

mismo! Vean la locura del hombre, que se reunirá en batalla contra Dios.

Tenemos que ir concluyendo nuestro estudio. Algunos argumentan usando el

texto de Ezequiel 18:30-32 que si Dios le pide al hombre que se arrepienta, es

porque este puede hacerlo. Ellos dicen “Dios nunca le pediría al hombre algo

que no puede hacer”. ¿Puede el hombre por sí mismo hacer esto? ¡No! El

hombre esta muerto. Por eso el arrepentimiento y la fe son dones de Dios,

cosas que Él da y concede. De ahí nace la oración de Agustín de Hipona, “Dios

da lo que manda, y manda lo que quiere”

 

También argumentan usando textos como Deuteronomio 30:19 que el hombre

puede hacer el bien. Pero hemos visto que esto no es así, que aún las buenas

obras de los hombres son como trapos de inmundicia ante Dios (Isaías64:6).

Entonces, de nuevo la pregunta: ¿Por qué le pide Dios entonces que presente

buenas obras? Ya hemos visto esto cuando hablamos de la “responsabilidad

total”. Es la responsabilidad del hombre hacer estas buenas obras, nunca

perdió su responsabilidad. Y aunque haga obras ‘morales’, nunca estas serán

buenas delante de Dios. Déjenme que les de un ejemplo: Si un hombre vende

todos sus bienes y compra una medicina para otro que no tiene recursos para

obtenerla, y así salva su vida. ¿Hizo bien este hombre; hizo lo bueno delante

de Dios? No, pecó, ¿por qué? Porque no lo hizo para la gloria de Dios, ni lo

hizo por fe; ¡y yodo lo que no proviene de fe es pecado! Este es el albedrío del

hombre, un albedrío ‘libre’, pero no ‘bueno’, ya que solo puede escoger entre

cosas malas

 

5) La verdadera Libertad

 

Las ideas del libre albedrío, entendidas como las entienden los hermanos

arminianos, son de origen humano. Más que esto, estas ideas son satánicas,

puesto que es el diablo quien tuerce las Escrituras. En el huerto de Edén,

Satanás les dijo a Adán y Eva: seréis como Dios. En otras palabras, les estaba

diciendo, “ustedes no son totalmente libres, Dios no le dio verdadera libertad,

busquen la independencia, la autonomía.”

 

Cabe aquí preguntarse que entendía Satanás por libertad. Y que entienden los

defensores del libre albedrío por libertad. Según ellos, libertad es la capacidad

de hacer cualquier cosa, sin limitaciones. Pero si analizamos las implicaciones

de este postulado, vemos cuán erróneo resulta. Según esta idea, Dios, el ser

mas libre, no es libre, puesto que hay cosas que Dios no puede hacer: mentir,

negarse a si mismo, ni crear otro Dios igual a Él. ¿Qué es la verdadera

libertad? ¿Cómo la define la Biblia? ¡La verdadera libertad es permanecer

unidos a Cristo, sin la posibilidad de apartarnos, ni de hacer el mal! Así será el

estado glorificado de los escogidos de Dios. La verdadera libertad es la

absoluta esclavitud de Dios.

 

En Juan 8:32 Jesús dijo “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” ¡El

hombre no esta libre hasta que no conoce la verdad! Y la verdad es Cristo.

Lo mismo vemos en 2Cor 3:17, “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el

Espíritu del Señor, allí hay libertad.” El hombre sin Cristo no tiene libertad.

El hombre hace lo que es, lo que es en su corazón, en el mismo centro de su

ser. Sus actos reflejan su naturaleza, “de la abundancia del corazón habla la

boca”, dijo Jesús, y “por el fruto se conoce el árbol”

Para finalizar, los dejo con las palabras de Martín Lutero y Charles H.

Spurgeon.

 

“Si algún hombre atribuye una parte de la salvación, aunque sea lo más

mínimo, al libre albedrío del hombre, no sabe absolutamente nada acerca de la

gracia, y no tiene el debido conocimiento de Jesucristo.”(Martín Lutero)

“Me atrevería a decir que ustedes han oído muchos buenos sermones

arminianos, pero nunca han oído una oración arminiana, pues cuando los

santos oran, son una misma cosa en palabra, obra y mente. Un arminiano

puesto de rodillas oraría desesperadamente igual que un calvinista. No puede

orar sobre el libre albedrío: no hay espacio para eso. Imagínenlo orando así:

 

“Señor, te doy gracias porque no soy como esos pobres calvinistas

presumidos. Señor, yo nací con un glorioso libre albedrío; yo nací con el poder

de ir a ti por mi propia voluntad; yo he aprovechado mi gracia. Si todos

hubieran hecho lo mismo con su gracia como lo he hecho yo, todos podrían

haber sido salvos. Señor, yo sé que Tú no puedes hacernos querer si nosotros

mismos no lo queremos así. Tú das la gracia a todo mundo; algunos no la

utilizan, pero yo sí .Hay muchos que irán al infierno a pesar de haber sido

comprados con la sangre de Cristo al igual que yo; a ellos les fue dado el

Espíritu Santo también; tuvieron una muy buena oportunidad, y fueron tan

bendecidos como lo he sido yo. No fue tu gracia lo que hizo la diferencia;

acepto que sirvió de mucho, pero fui yo el que hizo la diferencia; yo hice buen

uso de lo que me fue dado, en cambio otros no lo hicieron así; esa es la

diferencia principal entre ellos y yo.” Esa es una oración diabólica, pues nadie

más que Satanás podría orar así. ¡Ah!, cuando están predicando y hablando

cuidadosamente, puede entrometerse la doctrina errónea; pero cuando se trata

de orar, la verdad salta, no pueden evitarlo.” (Charles H. Spurgeon)