El Pentecostalismo a la luz de la Palabra

Robert Decker

PREFACIO

El siguiente texto es una conferencia, dada por la Sociedad de Hombres de la Iglesia Reformista de South Holland. En respuesta al gran número de pedidos de copias, este panfleto se ha preparado con la oración de que Dios lo use para la bendición y fortaleza de los creyentes que confiesan con la iglesia de todos los tiempos; “yo creo en el Espíritu Santo.”

EL PENTECOSTALISMO A LA LUZ DE LA PALABRA

Quizás ningún movimiento haya tenido mayor impacto en el mundo de la iglesia que el pentecostalismo. Ciertamente, ningún movimiento lo ha tenido en los últimos diez o veinte años. “El crecimiento del movimiento pentecostal en … los Estados Unidos ha sido también impresionante, particularmente el incremento de las misiones de las Asambleas de Dios, las cuales, según reportes, están constituyendo una nueva iglesia cada día en los Estados Unidos y apoya a más de setecientos cincuenta misioneros fuera de América, con un presupuesto de más de siete millones de dólares, además de mantener el mayor número de escuelas bíblicas actualmente en el mundo.”

Frederick Dale Brunner en su libro, Una Teología del Espíritu Santo (Eerdmans, Grand Rapids, 1970), dice,

En términos de números simples, el pentecostalismo internacional reporta la mayor cantidad de adherentes en los Estados Unidos (cerca de tres millones); en el Brasil (dos millones); en Indonesia (un millón); en Chile (cerca de un millón) y en Sudáfrica (medio millón), usualmente enumerada en ese orden. Por lo menos, numéricamente, el nuevo movimiento pentecostal ha arado un amplio surco entre los primeros dos tercios del siglo XX y ha cosechado un buen éxito (pág.25).

En adición a las iglesias pentecostales, existe un movimiento relacionado que se ha llegado a llamar “neopentecostalismo.”

Hace menos de 20 años, Brumback [Carl Brumback, un pentecostal R.D.], confesó, “Es mejor que encaremos los hechos; hablar en lenguas no es aceptable en ningún sitio, excepto en el movimiento pentecostal.” Esta declaración no podría ser hecha hoy en día porque el hablar en lenguas se está aceptando como parte de la vida normal, personal y eclesiástica de los bautistas, episcopales, luteranos, metodistas, presbiterianos y aún entre los católicos. Este estallido del don de lenguas entre las denominaciones históricas ha sido denominado “Nueva Penetración,” el Pentecostalismo Nuevo, Renovación Carismática (o Avivamiento) y el movimiento moderno de lenguas. Tanto los liberales como las iglesias conservadoras, las escuelas, las juntas misioneras y las publicaciones han sentido el impacto de este nuevo movimiento … Por lo tanto es importante que todos los creyentes comprendan esta nueva manifestación del hablar en lenguas (Robert G. Gromacki, El Movimiento Moderno de las Lenguas [Publicaciones Presbiterianas y Reformistas: Filadelfia, 1967]).

Podríamos agregar a lo dicho que la comunidad de las iglesias reformistas en este país y el exterior no han dejado de ser afectadas por la invasión del pentecostalismo.

El hablar en lenguas (y otros milagros y señales), por supuesto que aconteció en la iglesia del Nuevo Testamento. Encontramos referencias a esto en Marcos 16, el libro de los Hechos y I Cor. caps. 12-14. Sin embargo, es de notar que del 100 D. C. al 1900, el hablar en lenguas virtualmente desapareció y no se le encuentra en la corriente principal de la iglesia. Se le halla entre los montanistas, en el segundo siglo, y en los otros varios grupos y sectas minoritarias. (No existe espacio para un estudio de la historia del movimiento; yo urgiría al lector consultar el libro de Brunner, que presenta en forma detallada y excelente la historia del pentecostalismo.)

Los mismos pentecostales explican este fenómeno (la virtual desaparición del hablar en lenguas y otros milagros y dones de la principal corriente de la iglesia), como debido a la falta de fe en el Espíritu Santo o Su rechazo por parte de la Iglesia. Brunner cita a David DuPlessis, un destacado pentecostal, quien escribe que: “El Espíritu Santo continuó en control hasta el fin del primer siglo, cuando Él fue en gran parte rechazado y Su posición como Líder fue usurpado por el hombre. Los resultados están escritos en la historia. El movimiento misionerio se detuvo. La era del oscurantismo siguió al mismo” (Brunner, pág. 27). Los pentecostales sienten que su movimiento es una nueva Reforma, “un digno sucesor, y quizás hasta superior a la Reforma del siglo XVI y al avivamiento inglés del siglo XVIII, y casi siempre como una fiel reproducción del movimiento apostólico del primer siglo” (Brunner, pág. 27). Los pentecostales están convencidos de que el camino de retorno a la experiencia y el poder de la iglesia es a vía pentecostal como, por ejemplo, por medio del bautismo en o con (no ‘por medio de’) el Espíritu Santo con sus señales y milagros que lo acompañan. El retorno a la vida y servicio cristiano, real y vibrante, es tener la experiencia que los Apóstoles tuvieron en el Día de Pentecostés para estar “lleno del Espíritu Santo” (cf. Hechos 2); Sin esta experiencia el creyente, y consecuentemente la iglesia, permanecerá impotente y virtualmente muerta.

Es especialmente por razón de esta convicción, que los neo-pentecostales acusan seriamente a las iglesias y los creyentes no pentecostales. Ellos alegan aferrarse firmemente a la “fe de los padres,” y las confesiones de la iglesia. Solamente que ellos alegan tener algo más además de las enseñanzas y prácticas tradicionales de la iglesia. Y que este “algo más” es el Bautismo en el Espíritu Santo con su poder y dones resultantes, los cuales hacen que el cristiano y la iglesia sean efectivos en su servicio y vida. De esto, según dicen ellos, los no pentecostales carecen; y que por consiguiente, las iglesias de hoy son culpables de la ortodoxia muerta. Éstas no tienen vida ni poder, no son efectivas y se mantienen ocupadas sacudiendo dogmas polvorientos y seriamente son desobedientes al Rey de la Iglesia, Cristo.

Como no podemos aquí presentar todas las implicaciones de esta acusación, es necesario decir tanto como lo siguiente; el pentecostal (neo) debe comprender que su idea del Bautismo en el Espíritu Santo radicalmente afecta su entendimiento de la verdad de las Escrituras; su idea de Dios, en primer lugar (¡El Espíritu Santo es Dios!); su idea de Cristo Dios, y por lo tanto de la doctrina de salvación, particularmente el trabajo del Espíritu en la aplicación de los méritos de Cristo en los elegidos: Regeneración, llamado, fe y conversión, justificación, santificación, preservación: Y que su idea necesariamente afecta su entendimiento de la verdad de la infalible inspiración de la Biblia.

No podemos aquí hablar de todo esto. Lo que queremos hacer es examinar los pasajes clave de las Escrituras en Hechos y I Corintios; especialmente para ver si la Biblia enseña que el milagro del Día de Pentecostés, el Bautismo en el Espíritu Santo comprobado por el hablar en lenguas debería repetirse, experimentarse, o si el creyente de hoy debería buscar ese don. Es este argumento el punto en el cual el pentecostalismo depende para mantenerse en pie.

Finalmente, y a modo de introducción, en la preparación de este discurso estoy endeudado con Brunner y Gromacki, a quienes he citado previamente; el Dr. Anthony Hoeksema, del Seminario Calvin por su libro, ¿De Qué se Trata el Hablar en Lenguas? (Eerdmans); el Rev. George Lubbers, por una excelente exposición de I Corintios 12-14, publicado en el Standard Bearer, vols. 33 y 34. Los pentecostales con quienes he consultado son: el Dr. J. A. Shep, El Bautismo del Espíritu Santo y el Hablar en Lenguas de Acuerdo a las Escrituras; John L. Sherill, Ellos Hablan en Otras Lenguas; y A.G. Dornfield, quien escribió un panfleto titulado, ¿Has Recibido al Espíritu Santo?

El Bautismo en el Espíritu

El concepto clave en la creencia pentecostal es: “el Bautismo en o con el Espíritu Santo.” Esto lo hallamos en los cuatro relatos del Evangelio; Mateo 3:11, Marcos 1:18, Lucas 3:16 y Juan 1:33. En estos pasajes vemos que Juan “El Bautista” bautizó en agua para arrepentimiento pero profetizó que, “el que es más poderoso que yo,” Cristo, vendría después de él y que “os bautizará en (con) el Espíritu Santo y fuego.” En Hechos 1:5, Jesús habla del cumplimiento de esta profecía: “Porque Juan, a la verdad, bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo después de no muchos días.” En el verso 8 del mismo capítulo, el Salvador continúa explicando: “Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” Por esta razón, Cristo instruyó a sus discípulos a “Que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre, de la cual me oísteis hablar …” (vs. 4); Después de la ascensión del Señor los discípulos en obediencia a Su mandato, retornaron a Jerusalén y junto con las mujeres y con los hermanos de Jesús “perseveraban unánimes en oración y ruego” (vs. 14): Dos de los relatos de los evangelios también mencionan esto. Lucas 24:49. enseña que se les mandó a los discípulos “quedaos vosotros en la ciudad (Jerusalén) hasta que seáis investidos del poder de lo alto.” Este es el origen de las “reuniones de espera” de los pentecostales, donde los que buscan el bautismo del Espíritu oran y esperan por este bautismo, lo cual es evidenciado por el hablar en lenguas. Marcos 16:14-20 nos informa que Jesús prometió qué señales seguirían a los que creyeran, echando fuera demonios, hablando en nuevas lenguas, bebiendo cosas mortales sin ser dañados, tomando serpientes y poniendo manos sobre los enfermos para sanarlos.

Todo esto llega a cumplirse en Hechos 2:1-4 cuando en el Día de Pentecostés ellos “fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen.” Y dicen los pentecostales que esto pasó repetidamente a través del libro de los Hechos; a los Samaritanos (Hechos 8); Cornelio y su casa (Hechos 10); y a aquellos bautizados con el bautismo de Juan (Hechos 19). Y la mayoría de los pentecostales creen que hubo más experiencias como estas como, por ejemplo, la conversión de Pablo.

Los pentecostales llaman, o consideran, este bautismo en el Espíritu Santo una experiencia crítica de la total recepción del Espíritu Santo. Ellos claman que esta experiencia crítica se describe en otras partes de la Biblia como: Ser “lleno del Espíritu” (Hechos 2:4; Ef. 5:18), recibir “el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38), Ser “sellados con el Espíritu Santo” (Ef. 1:13), “Que nos ungió” con el Espíritu (II Corintios 1:21-22). Deberá comprenderse claramente en este punto, que los pentecostales no hablan mucho de una doctrina del Espíritu Santo o un Bautismo del Espíritu, pero sí, de la experiencia de aquello. Ellos enseñan que la experiencia de los apóstoles y los primeros cristianos puede y deberá ocurrir, sigue y seguirá ocurriendo en las vidas de los creyentes en la actualidad. Lo que se plantea es que la experiencia de la iglesia primitiva es normativa para la experiencia de los cristianos, hoy y por siempre.

Tres elementos del pentecostalismo

La fe pentecostal contiene tres elementos esenciales (pero hay que admitir que esto es sólo un bosquejo). Primero, ellos enseñan que el bautismo en o con el Espíritu Santo es distinto, una continuación, y en adición al nuevo nacimiento (regeneración) y a la conversión. (Nótese que los pentecostales generalmente tienen una concepción arminiana de regeneración mediata, la cual está identificada con la conversión, no una concepción Bíblica de la regeneración inmediata y su fruto en una conversión diaria.) Ellos enseñan que todos los cristianos son bautizados en Cristo por el Espíritu Santo a través del nuevo nacimiento y la conversión, pero no todos los cristianos son bautizados por Cristo en el Espíritu Santo. De este modo, de acuerdo a la creencia pentecostal, cuando nacemos de nuevo y somos convertidos, nosotros recibimos a Cristo; pero hay “más” y aquel “más” es la morada del Espíritu Santo. Este es el bautismo en o con el Espíritu: cuando en adición a ser bautizados en Cristo por el Espíritu, somos bautizados por Cristo con el Espíritu; el Espíritu Santo viene personalmente a morar en nuestros corazones y vidas, dándonos carisma (literalmente, “cosas de gracia”), los dones y el poder que necesitamos para nuestro crecimiento personal y el servicio a Dios en la iglesia y en el mundo.

En segundo lugar, la evidencia del bautismo en o con el Espíritu es inicialmente el hablar en otras lenguas. Es correcto y justo decir que los pentecostales, con quizás muy pocas excepciones, coinciden en que el hablar en lenguas no es cosa de simple sandez o sonidos ininteligibles, sino hablar en lenguajes reales, los que sin embargo son desconocidos y no aprendidos por el que las habla. Ciertamente tal es el caso de la señal de las lenguas como ocurre en las Escrituras tanto en Hechos como en I Corintios 12-14. Cuando un creyente está lleno con o bautizado en el Espíritu Santo, el Espíritu lo abruma de tal manera que la persona entra en un estado de éxtasis, sin ningún control sobre sus facultades. El Espíritu entonces lo capacita para hablar en otras lenguas las alabanzas a Jesús. Esta es la señal de que uno ha sido llenado o bautizado con el Espíritu.

En tercer lugar, esta experiencia del bautismo del Espíritu y su evidencia inicial en el don de lenguas debe ser seriamente buscado por los creyentes. La idea no es que esto nada mas suceda, pero también deben cumplirse ciertas condiciones. El que las busca debe hacerlo consciente, activa y fervientemente. A menudo también, él mismo necesita la asistencia de otras personas ya llenas con el Espíritu. Estas deberán orar por él y poner manos sobre la persona hasta que el Espíritu venga. Estas condiciones varían, pero generalmente son: adoración, fe regocijante, expectación fervorosa, alabanza y gratitud, obediencia, separación del pecado, deseo intenso, bautismo, peticiones a Dios, etc. Conscientemente, la persona que pide deberá ejercitarse por sí misma en todas estas cosas y a menudo, esto se convierte para él en una lucha fuerte e intensa antes de que el Espíritu lo llene. Pero la cuestión es que el creyente deberá llenar estas condiciones antes de que el Espíritu venga. Una vez que los haya cumplido y que haya sido bautizado con el Espíritu, la persona deberá continuar en estas condiciones y de tal manera, retener al Espíritu y así recibir continuamente los dones del Espíritu registrados en I Corintios 12. Los pentecostales son bien insistentes en esto. Uno deberá rendirse totalmente, limpiarse el corazón de todos los pecados conocidos y orar fervientemente al Espíritu Santo antes de que el Espíritu lo llene. No resulta difícil reconocer en este punto las influencias del arminianismo y del perfeccionismo. Es importante destacar categóricamente que la Biblia nunca presenta a la fe, la obediencia, la regeneración, la oración, etc. como condiciones para la salvación o para recibir al Espíritu. Estos son los frutos del Espíritu (Gál. 5) o los dones del Espíritu de Jesucristo. La teología pentecostal, sin ningún compromiso, debe ser severamente condenada en este aspecto.

¿Qué enseña Hechos 2?

Lo anterior, a pesar de ser un esbozo, es una descripción de la fe pentecostal. La pregunta es: “¿Será que la Biblia enseña que la experiencia del Día de Pentecostés debe repetirse y ser buscada por los creyentes en la actualidad?” Pasando primeramente a Hechos 2, deberíamos concluir que este capítulo registra un evento que es el cumplimiento de la promesa de Jesús a los discípulos (los once Apóstoles), dada justo antes de Su ascensión. En Hechos 1:4-5, Jesús les ordenó no partir de Jerusalén, sino esperar por la promesa del Padre que oyeron a través de Él. Esa promesa concernía al Consolador, al Espíritu de Verdad, a través del Cual Jesús vendría a ellos. Jesús prometió este retorno en el Espíritu en la noche de Su traición (cf. Juan 14-16); Jesús agrega, definiendo, que esta promesa es el bautismo con “el Espíritu y con fuego.”

Digno de observarse en esta conexión es el hecho de que Jesús les mandó esperar en Jerusalén por el Espíritu, pero Jesús no puso una lista de condiciones que ellos tendrían que realizar para ser bautizados con el Espíritu Santo. Él simplemente les dijo que esperaran. Es cierto que ellos continuaron en unísono orando y suplicando; que escogieron a uno para que tomara el lugar del traidor; pero en ninguna parte el pasaje indica que ellos estaban consciente y fervientemente cumpliendo las condiciones de las que hablan los pentecostales, como si éstas fueran necesarias para ser llenos con el Espíritu Santo (cf. Hechos 1:14). Ellos fueron, simplemente, instruidos a esperar por el Espíritu. Eso es lo que ellos hicieron y lo hicieron orando con fervor.

¡Entonces sucedió! De pronto, cuando finalmente llegó el Día de Pentecostés, todos ellos fueron llenos con el Espíritu Santo. Las señales fueron el sonido del soplar de un viento violento; aparecieron repartidas entre ellos lenguas como de fuego; y se asentaron sobre cada uno de ellos; y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Cuando las noticias se dispersaron, se reunió una gran multitud y la gente estaba atónita y maravillada de oírles hablar en “nuestros propios idiomas los grandes hechos de Dios” (vss. 5-11). La reacción de la multitud fue dual; algunos dudaban y se preguntaban “¿Qué quiere decir esto?”; mientras que otros se burlaban y los acusaban de estar emborrachados de vino nuevo (vs. 12).

En respuesta a esto, el Apóstol Pedro se para y predica el hermoso sermón que contenía esencialmente dos puntos. Lo que pasó, explica Pedro, es el cumplimiento de la profecía de Joel. El día del Señor ha llegado: El día de la Nueva Dispensación que marca el cumplimiento de las expresiones y sombras del Antiguo Testamento. Es el día en el cual Dios llamaría a Su gente de cada nación. Y es el Día del Juicio que será demostrado por señales y prodigios; sangre, fuego y vapor de humo tanto en el cielo como en la tierra; el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre (compare esta conexión con Mateo 24 y Apocalipsis 6, donde los mismos prodigios y señales son mencionadas marcando así el Día del Retorno del Señor); El gran y notable Día del Señor el cual culminará al final de los tiempos cuando llegue el retorno de Jesús.

En segundo lugar, dijo Pedro: a Jesús de Nazaret, “entregado por el consejo determinado y con el previo conocimiento de Dios, vosotros matasteis clavándole en una cruz;” “a Él, Dios le resucitó,” fue exaltado “habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo;” y luego de haber recibido el Espíritu, Cristo ya “ha derramado esto que vosotros veis y oís” y todo esto significa que “Dios le ha hecho Señor y Cristo.”

Esa Palabra predicada poderosamente, les afligió de corazón y, por tal razón ellos clamaron: “Hermanos, ¿qué haremos?” Pedro respondió: “Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesús, el Cristo, para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (vs. 38). El fundamento de ese llamado al arrepentimiento se encuentra en el verso 39, donde leemos: “Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para todos cuantos el Señor nuestro Dios llame.” Y además, nos enteramos posteriormente, que tres mil personas recibieron con gusto la palabra y fueron bautizadas; y que ellas “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones” (vs. 41-42).

Los pentecostales enseñan que el “don del Espíritu Santo” se refiere al “bautismo en el Espíritu Santo,” lo cual sigue al arrepentimiento y la conversión, y que se obtiene por medio del cumplimiento de las condiciones requeridas. El bautismo del Espíritu es evidenciado por el hablar en lenguas, dicen ellos. En Hechos 2 no se dice en ninguna parte que los tres mil que creyeron o aquellos que Dios agregaba diariamente a la iglesia, hablaron en lenguas. El sermón de Pedro también indica que cuando uno se arrepiente, éste recibe el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo, pero no hay indicación de que el don del Espíritu siga a la conversión después de un tiempo, por medio del cumplimiento de condiciones.

Finalmente, Hechos 2 ciertamente señala la singularidad, la característica exclusiva del evento del Día de Pentecostés. La profecía ha sido cumplida, el Día del Señor ha venido, Dios empieza a llamar a Sus santos de todas las naciones, a través de Jesucristo crucificado, resucitado y exaltado, Quien derramó el Espíritu. En el Espíritu, Cristo ha venido a la Iglesia, llenando los corazones de los santos, a fin de llamar a aquellos que deben ser salvos.

¿Cuál es aquí la relevancia del hablar en lenguas? Que junto con las lenguas como de fuego y el sonido del soplar de un viento violento, aquellas eran señales. Esto significó para los ciento veinte, que Jesús vino para estar con ellos a través del Consolador, el Espíritu de la verdad que Él había prometido. Fue también una señal que aseguraba a la iglesia que por el Espíritu del Cristo exaltado, ellos estaban investidos del poder para predicar el Evangelio a toda nación como fueron comisionados. También fue ésta una señal para la multitud y para todos los que escuchaban a los apóstoles; una señal del poder y la presencia de Cristo en la iglesia primitiva. Por lo tanto, todos se asombraron, algunos dudaban, otros se maravillaban, otros se burlaban y cerca de tres mil de ellos fueron afligidos de corazón por la Espada del Espíritu la cual es la Palabra de Dios.

Hechos 8 y Otros Pasajes

El segundo pasaje usado por los pentecostales es Hechos 8:5-25. Aquí leemos sobre Felipe, el diácono y evangelista, predicando la Palabra en Samaria acompañada de milagros y señales, echando fuera demonios, curando, etc. Muchos creyeron y fueron bautizados por Felipe en el Nombre de Jesucristo. Estos creyentes, sin embargo, no recibieron el Espíritu Santo hasta que los apóstoles Juan y Pedro llegaron desde Jerusalén a poner las manos sobre ellos. El hecho de que estos creyentes primero creyeron y fueron bautizados y posteriormente recibieron el Espíritu, aparentemente apoya la posición de los pentecostales. ¿Pero la apoya realmente?

Aún asumiendo que los samaritanos hablaron en lenguas, el pasaje no enseña lo que los pentecostales sostienen. Los samaritanos eran una raza mezclada, en parte judíos y en parte gentiles. Debido a que ellos intentaron frustrar la reconstrucción de Jerusalén (Esdras 4:4-5), los judíos los odiaban y no tenían trato alguno con ellos (Juan 4:9); en vista a esto debemos entender la recepción del Espíritu por los samaritanos. En este entonces, la iglesia está expandiéndose más allá de los límites del pueblo judío y los judíos cristianos debíen saber que los creyentes samaritanos no debíen ser despreciados, sino ser considerados en igualdad con ellos. Por lo tanto, también los odiados samaritanos recibieron el Espíritu Santo. En las palabras del Dr. Hoeksema, el evento en Samaria es una “clase de extensión del Día de Pentecostés.” Por favor, nótese también que en ninguna parte de este pasaje leemos que los samaritanos tenían reuniones de espera, orando fervientemente y buscando el Espíritu, ni tampoco los apóstoles les mandaron hacer eso.

Luego hallamos un recuento referente a Cornelio registrado en Hechos 10. Pedro que residía en Jope en la casa de uno llamado Simón, un curtidor, recibe una visión de animales inmundos con el mandato, “Levántate, Pedro; mata y come.” Mientras Pedro pensaba en el significado de aquella visión, el Espíritu Santo le dijo que había tres hombres que querían verlo. Éstos le dicen a Pedro que Cornelio ha recibido instrucciones en una revelación de Dios para “oír tus palabras.” Pedro va a Cesarea donde Cornelio le explica su visión, Pedro le predica el evangelio y el fruto resultante es que el Espíritu Santo cayó sobre ellos y hablaron en lenguas y magnificaron a Dios. Después ellos fueron bautizados.

Nótese bien que el Espíritu cayó sobre ellos y hablaron en lenguas, no posteriormente al bautismo (como lo enseñan los Pentecostales), sino antes. ¿Por qué el Espíritu hizo que ellos hablaran en lenguas? Porque Pedro tenía que darse cuenta de que “De veras … Dios no hace distinción de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia.” (vss. 34-35) “Y los creyentes de la circuncisión que habían venido con Pedro quedaron asombrados, porque el don del Espíritu Santo fue derramado también sobre los gentiles” (vs. 45) Esto también fue entonces una extensión del Día de Pentecostés, y las lenguas sirvieron una vez más como una señal a los judíos cristianos: de que los gentiles son también salvos en Jesucristo y de que reciben el Espíritu Santo. Esta es precisamente la explicación que Pedro mismo da a los Judíos en Jerusalén (Hechos 11:1-18). Él les cuenta a ellos todo lo acontecido en su encuentro con Cornelio; su predicación y cuando el Espíritu Santo cayó sobre ellos evidenciado por el hablar en lenguas. Y cuando los judíos escucharon esto, contestaron “¡Así que también a los gentiles Dios ha dado arrepentimiento para vida!” Pedro cita este evento una vez más en la “Conferencia de Jerusalén,” tratando así la pregunta de los gentiles (cf. Hechos 15).

La última ocasión del hablar en lenguas en Hechos se encuentra en el capítulo 19:1-7, donde Pablo se encuentra con un grupo de doce discípulos. El apóstol les pregunta: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Ellos respondieron que ni siquiera habían oído que existía un Espíritu Santo. Entonces Pablo pregunta: “¿En qué, pues, fuisteis bautizados?” A lo cual replicaron “en el bautismo de Juan.” Pablo entonces les dijo que Juan bautizó para arrepentimiento, llamando al pueblo a que creyesen en Cristo Jesús, quien había de venir. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el Nombre de Cristo. Y cuando Pablo les impuso las manos, el Espíritu Santo vino sobre ellos y sucedió entonces, según las Escrituras, que “hablaban en lenguas y profetizaban.”

El tema de este pasaje es simple. Estos doce discípulos estaban aún viviendo en la época de la oscuridad, a la puerta de la Nueva Dispensación, pero aún en las sombras. Ellos estaban inconscientes respecto al hecho de que el Día del Señor había venido, y ni siquiera habían oído que había un Espíritu Santo. Este evento es también una extensión de la singular maravilla del Día de Pentecostés; y las lenguas y la profecía sirven como una señal segura para estos creyentes de que el Espíritu del Cristo crucificado y resucitado realmente fue derramado sobre los creyentes.

I Corintios 12-14

Los pentecostales alegan que su respaldo más firme se halla en I Corintios 12, 13 y 14. Sugerimos que el lector siga nuestra exposición de estos capítulos en su Biblia. En el capítulo 12, la Palabra enseña que a pesar de que a los Corintios no les “falte en ningún don” (1:7), ellos estaban inconscientes de lo concerniente a los dones del Espíritu. En el contexto de toda la Epístola entendemos que los Corintios estaban haciendo mal uso de los dones del Espíritu, y nada más que para sus propios fines egoístas. El trágico resultado de esto fue una separación en la iglesia. Es debido a esto que el inspirado apóstol Pablo dirigió esta severa instrucción en estos tres capítulos. Los Corintios deberían saber que ningún hombre que hable en el Espíritu, llama a Jesús maldito (lo cual es exactamente lo que uno hace en efecto cuando causa división en la iglesia); de la misma manera, nadie es capaz de decir que Jesús es Señor, excepto en el Espíritu (vss. 1-3).

En los versos 4-11, el apóstol da una lista de la diversidad de dones en la iglesia, todos los cuales provienen del mismo Espíritu Santo. Nótese que no todos reciben todos los dones. A unos se les da un don y otro distinto a otros. Ni aún en la Iglesia Apostólica donde el don de lenguas existía, debían los creyentes buscar posesión del don de lenguas. Todo esto es ilustrado por el Apóstol con la figura del cuerpo humano y sus varios miembros individuales, cada uno sirviendo en su propio lugar a la unidad del cuerpo. Pablo continúa hablando de los oficios que Dios ha establecido en la iglesia (vss. 28-31), el último de los cuales es la “diversidad de lenguas.” Tanto como que no todos son apóstoles, no todos deberían, ni tienen que buscar obtener el don de lenguas. La posición pentecostal de que los creyentes deberían buscar y reclamar el poder de Dios a través del “Bautismo en el Espíritu Santo,” como ellos definen ese concepto, simplemente no puede mantenerse en pie a la luz de esta Palabra. La conclusión del Capítulo 12 es: “Procurad pues, los mejores dones; mas aún; yo os enseño el camino más excelente.” Este camino más excelente es el camino del Amor de Dios que se expone en el Capítulo 13. El amor de Dios nunca falla, todo lo otro; el conocimiento, la profecía y las lenguas se desvanecerán; pero el amor de Dios permanece. Sin esa virtud del amor de Dios, sólo estamos haciendo ruido y los dones del Espíritu no nos aprovechan para nada.

De este modo el apóstol empieza el Capítulo14 con una advertencia: “Seguid el amor; y anhelad los dones espirituales, pero sobre todo, que profeticéis.” Profetizar es hablar la Palabra de Dios por medio de la predicación y la mutua exhortación de parte de los miembros de la iglesia (cf. II Pedro 1:16-21, donde la Biblia es llamada “la Palabra profética que es aun más firme”). El que habla en lenguas, habla misterios que nadie entiende, él le habla a Dios (¡Quien no tiene necesidad de ser edificado!) y a sí mismo, mientras que el que profetiza, edifica a la iglesia, el cual es el camino más excelente del amor de Dios (vss. 2-4) Así es que Pablo indica en el verso 5 que todos deberían profetizar en lugar de hablar en lenguas porque la profecía es mayor, a menos que las lenguas sean interpretadas para la edificación de la iglesia. Aún en el mundo de la música (vss. 7-8) a no ser que las leyes de la armonía, etc., sean observadas, uno no sabe lo que se “toca con la flauta o se tañe con el arpa.”

Aplicando la figura en los versos 9-19, Pablo les dice a los Corintios: “Así también vosotros, si mediante la lengua no producís palabras comprensibles, ¿cómo se entenderá lo que se dice? Porque estaréis hablando al aire.” Por lo tanto la Palabra dice: “procurad ser excelentes para la edificación de la Iglesia.” Oren para la interpretación de sus lenguas porque si no se las interpreta, no estarán edificando. “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros. Sin embargo, en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los demás, que diez mil palabras en una lengua.”

Hermanos, Pablo continúa en el verso 20 y más adelante, “sed bebés en la malicia, pero hombres maduros en el entendimiento.” Aquí llegamos al corazón del pasaje. Pablo dice que debemos ser inocentes en la malicia, ese demonio maligno que destroza a la Iglesia, y que debemos ser maduros en el entendimiento. Esto es lo que las Escrituras enseñan. En la ley en las Escrituras del Antiguo Testamento, para ser más exactos, en Isaías 28:11-12 está escrito que “con balbuceo de labios y en otro idioma hablará Dios a este pueblo” y que aún así “ellos no quisieron escuchar” (vs. 12). En Isaías 28, leemos que los sacerdotes estaban ebrios con vino y eran como niños en el entendimiento, que no fueron destetados de la leche ni arrancados de los pechos. Estos habían rechazado la Palabra, lo cual era para ellos mandato tras mandato, línea tras línea, un poquito allí, otro poquito allá; “para que vayan y caigan de espaldas y sean quebrantados, atrapados y apresados.” Por lo tanto, Dios no enseñará a esta gente para que tuvieren conocimiento, sino que sus Juicios están sobre aquellos que se burlan de Su Palabra. La doctrina del reposo para los cansados no es para estos hombres maduros en la malicia, estos borrachos de Efraín. Dios les hablará a ellos en lengua de tartamudos y en extraña lengua. Ellos serán llevados cautivos y la Palabra de entendimiento del reposo para los cansados, ellos no la escucharán; ¿a quienes hablará Dios el refrigerio de Su Palabra de salvación? Al residuo de la gente, el remanente, de acuerdo a la elección para quienes Él ha puesto por fundamento en Sion, piedra probada angular, preciosa, el fundamento más seguro, Jesucristo.

Así que, escribe el Apóstol, en otras palabras, debido a que ésta es la Palabra de Dios, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos (vs. 22). Ustedes Corintios deben tener presente advertidos que las lenguas; ese balbuceo en sonidos inciertos sin interpretación, a modo de que no pueda ser entendido ni que sirva para edificar a la iglesia; ¡es una señal del juicio de Dios y la dureza de aquellos que rechazan la Palabra! Si un incrédulo entra a su reunión y todos ustedes están hablando en lenguas, él dirá que todos están dementes, locos. Pero si él les escucha profetizar y los ve edificando a la iglesia, se convence, se arrodilla y adora por la aplicación del Espíritu de la Palabra profética.

Por lo tanto, la conclusión es: Hágase todo decentemente y en orden. Si ustedes insisten en hablar en lenguas, sea esto por turno, solamente por dos o a lo sumo, tres; y que haya interpretación. Dios no es el autor de confusión pero de paz. Que vuestras mujeres callen en las congregaciones: porque no les es permitido hablar. ¿Eran las mujeres el problema en Corinto? ¿Cuántos grupos pentecostales hoy en día observan esta regla? Por lo tanto, mientras yo, el Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, no prohíbo el uso propio de las lenguas, tampoco doy mandamiento a que lo hagan. Más bien, ¡que se profetice para que la iglesia sea edificada! Este es un camino aún más excelente. Obviamente, aún en la iglesia del Nuevo Testamento donde las lenguas tenían su apropiado lugar, no se insistía en el énfasis que les dan los pentecostales hoy en día.

Conclusiones

Ahora llegamos a algunas conclusiones. En primer lugar de los pasajes de Hechos (caps. 1, 2, 8, 10, 11, 19). En ninguna de las cuatro ocurrencias, asumiendo que los Samaritanos hablaban en lenguas, estaban los creyentes llenando condición alguna, ni orando por el bautismo con el Espíritu para que esto fuere evidenciado del hablar en lenguas. En cada una de las cuatro instancias, todos los creyentes que estaban presentes, recibieron la señal de las lenguas junto con otras señales. No fueron solamente algunos los que recibieron el bautismo en el Espíritu como enseñan los pentecostales. En todas las instancias (esto también es cierto de Corinto) el bautismo, o llenado con el Espíritu, siendo evidenciado por el don de lenguas y otras señales, tuvieron lugar por mediación de los Apóstoles. Pedro y Juan tenían que ir a Samaria pero Felipe no podía ir. Pedro tenía que predicar a Cornelio y Pablo a los doce discípulos en Efeso como también en Corinto. No hay registro en el Nuevo Testamento del otorgamiento de estos dones y señales en alguien por la oración o imposición de manos de nadie mas que un Apóstol. Esto significa que cuando los Apóstoles dejaron de practicar estos hechos, las señales milagrosas y los dones que sirvieron para autenticar su función y mensaje desaparecieron con ellos. “Aquellas (señales) fueron parte de las credenciales de los Apóstoles como agentes autorizados por Dios para la fundación de la iglesia. Su función fue limitada distintivamente a la Iglesia Apostólica, las que luego necesariamente desaparecieron con ellos” (B. B. Warfield, Milagros, Ayer y Hoy, p. 21).

En vista de esto, I Corintios 13:8 tiene un profundo significado, el texto dice, “El amor nunca deja de ser. Pero las profecías se acabarán, cesarán las lenguas, y se acabará el conocimiento.” Los verbos en referencia a la profecía y al conocimiento son los mismos en el griego. Aquel verbo está en la voz pasiva y se traduce como: “causar cesamiento o cesación.” Dios pondrá fin a estos dones en aquel día del Señor cuando sepamos, tal como somos conocidos y veamos cara a cara en gloria. Pero “las lenguas acabarán.” Este verbo está en la voz media y significa “simplemente parar.” A. T. Robertson en su libro Descripciones de la Palabra del Nuevo Testamento traduce, “se harán desaparecer” o “automáticamente cesarán por sí mismas.” La idea es la siguiente. Lenguas y otros dones milagrosos, curaciones, etc., de pronto desaparecen de la iglesia. Son de corta duración. ¿Por qué? Porque fueron designados por Dios para servir como señal, una señal no solamente para autenticar el Evangelio, sino una señal que sirviera también como medio para que el contenido de la profecía y el conocimiento fueran conocidos. Pero cuando ya han efectuado el propósito de confirmar como señales, cesan sin afectar en lo mínimo la posesión de la iglesia de los misterios de la fe.

Esta es precisamente la enseñanza en otras partes de la Biblia. En Hebreos 2:3-4 las Escrituras nos enseñan que la palabra del Señor “nos fue confirmada por medio de los que oyeron [los Apóstoles] dando Dios testimonio juntamente con ellos con señales, maravillas, diversos hechos poderosos y dones repartidos por el Espíritu Santo.” Y en Marcos 16:19-20 aprendemos que después de la ascensión del Señor, los apóstoles “salieron y predicaron en todas partes, actuando con ellos el Señor y confirmando la Palabra con las señales que seguían.” Estas señales fueron: tomar en las manos serpientes, beber cosas mortíferas, hablar nuevas lenguas y curaciones. La confirmación de la Palabra era necesaria en esta época de transición, fuera de la Antigua Dispensación a la Nueva cuando el Canon de las Escrituras estaba aún en el proceso de completarse. Cuando las Escrituras se habían dado en su totalidad, el último Apóstol fue a la gloria y las lenguas automáticamente cesaron por sí mismas. La Palabra fue dada y confirmada. ¡Atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos! No es correcto decir que el Nuevo Testamento en ninguna parte enseña explícitamente que las lenguas pertenecieron sólo a la Época Apostólica. I de Corintios 13:8, a la luz del contexto de todo el Nuevo Testamento ¡enseña precisamente eso!

¿Cuál es positivamente la Palabra de Dios en todo ésto? ¡Profeticen! Tenemos la palabra de Dios, la infalible inspiración de la Biblia. Le agrada a Dios por medio de la predicación de la Palabra, y sólo por este medio salvar a Su Iglesia (cf. I Cor. 1; Romanos 10) y deshacer la sabiduría de este mundo. ¡Predica, entonces! Mantente dispuesto a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y enseñanza, predica a los confines del mundo. Cualquier cosa que la Iglesia haga, ¡qué predique la Palabra! Y hagámoslo con fe. La iglesia, la totalidad de todos aquellos a quienes la promesa es dada, éstos y sus niños hasta tantos como el Señor nuestro Dios llamare han sido bautizados con el Espíritu Santo de Jesucristo. Esto sucedió en el día de Pentecostés y el Espíritu testifica sobre todo lo que Jesús nos dijo. El fruto de ese Espíritu (Gal.5) es: amor, gozo, paz, paciencia, ternura, bondad, fe, mansedumbre, templanza y moderación. ¡Contra tales cosas no hay ley! Vivimos en el Espíritu. Caminemos también en el Espíritu. Continuemos siendo constantemente llenados con el Espíritu (Ef.5) de modo que caminemos cautelosamente y no como necios, sino como sabios, compensando el tiempo porque los días son malignos. El medio por el cual somos capacitados para hacerlo es por la predicación de la Palabra.

Y ese es, precisamente, el problema hoy en día. Existe en nuestros días un terrible desprecio por el púlpito. La razón por la que un movimiento como el pentecostalismo puede hacer tal impacto, es debido a que la iglesia generalmente fracasa en interpretar la Palabra y la reemplaza con excelencia en discurso y sabiduría mundana en lugar de predicar a Cristo crucificado. ¡Las ovejas de Dios están hambrientas y sedientas y no están siendo alimentadas con el Pan y Agua de vida! Estas ovejas débiles y enfermizas están siendo barridas por los “sucesos” estrafalarios y espectaculares, junto con el entusiasmo del pentecostalismo. El tiempo vendrá “cuando no soportarán la sana doctrina; más bien … apartarán sus oídos de la verdad, se volverán a las fábulas” (II Tim. 4:3-4). La orden de Dios es “¡Prediquen la Palabra!”

¿Qué le dices, entonce, a tu prójimo pentecostal? Después de haberle demostrado la verdad en las Escrituras, invariablemente te dirá: “¿Pero cómo puedes rechazar lo siguiente? Yo he tenido la experiencia. Es real.” La respuesta que debes darle es: “La Biblia enseña que las lenguas han cesado. Yo no puedo basar mi fe en mi experiencia, ni tú debes hacerlo. Lo que haces es puro subjetivismo. Demandar una línea directa a través del Espíritu es negar la suficiencia de la Palabra de Dios y necesariamente es, también, negar el poder de esa Palabra predicada, a través de cuyo único medio Dios se complace en salvar.” ¡Esto es verdaderamente un asunto serio! La Biblia dice que “Si alguno añade a estas cosas, Dios le añadirá las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quita de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida … El que da testimonio de estas cosas dice: ‘¡Sí, vengo pronto!'” ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap. 22:18-20).

Pablo, el Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, pudo decir bajo la inspiración del Espíritu: “Yo hablo en lenguas más que todos ustedes.” ¡Nadie puede decir eso hoy! Pablo también dijo con la inspiración del Espíritu que “las lenguas cesarán.” Y lo han hecho.

Yo digo a esta Palabra de Dios, y espero que tú lo digas conmigo “¡Amén!”

http://www.cprf.co.uk/languages/spanish_pentecostalismdecker.htm