La doctrina de Calvino (sobre la Justificación).

Es desde luego cosa cierta que por parte de los primeros Reformadores, y especialmente por parte de Calvino, se dice a menudo que la justificación consiste en el perdón de los pecados. Pero es evidente que esto no tiene la intención de negar el carácter judicial de la justificación, ni excluir la imputación de la justicia de Cristo, por la cual el creyente es considerado justo a la vista de la ley, por la misma naturaleza de la controversia en la que estaban inmersos estos Reformadores. La cuestión entre ellos y los Romanistas era: ¿Consiste la justificación en el acto por el que Dios hace al pecador inherentemente justo o santo? ¿O expresa el veredicto de Dios por el que el creyente es declarado justo? Lo que Calvino negaba era que la justificación sea la santificación. Lo que afirmaba él era que era librar al creyente de la condenación de la ley, introduciéndolo a un estado de favor para con Dios. Los Romanistas expresaron su doctrina diciendo que la justificación consiste en la remisión del pecado y la infusión de la caridad o justicia. Pero por remisión del pecado significaban la erradicación del pecado; el quitar el viejo hombre. En otras palabras, para ellos la justificación consistía (para emplear el lenguaje escolástico entonces en boga) en la eliminación de los hábitos de pecado y la infusión de hábitos de gracia. Así, en aquellos justificados no había pecado, y, por tanto, nada que castigar. Por ello, el perdón seguía como consecuencia necesaria. Era un mero accesorio. Esta perspectiva deja la culpa en nada; deja en nada las demandas de la justicia. Por tanto, Calvino insistió en que además de la renovación subjetiva conectada con la conversión del pecador, su justificación tenía que ver con la eliminación de la culpa, la satisfacción de la justicia, que en el orden natural, aunque no en el temporal, tiene que preceder a la comunicación de la vida de Dios al alma. El hecho de que Calvino no difería acerca de esta cuestión de los otros Reformadores y de todo el cuerpo de la Iglesia Reformada aparece en sus propias y explícitas declaraciones, y en los enunciados perfectamente precisos de las Confesiones a las que dio su asentimiento. Así, él dice: «y para que no tropecemos desde el primer paso (como sucedería si comenzásemos a disputar sobre una cosa incierta y desconocida) conviene que primero declaremos lo que quieren decir expresiones como; el hombre es justificado delante de Dios; que es justificado por la fe, o por las obras.

Se dice que es justificado delante de Dios el que es reputado por justo delante del juicio divino y acepto a su justicia. Porque como Dios abomina la iniquidad, el pecado no puede hallar gracia en su presencia en cuanto es pecador, y mientras es tenido por tal. Por ello, dondequiera que hay pecado, allí se muestra la ira y el castigo de Dios. Así pues, se llama justificado aquel que no es tenido por pecador, sino por justo, y con este título aparece delante del tribunal de Dios, ante el cual todos los pecadores son confundidos y no se atreven a comparecer. Como cuando un hombre inocente es acusado ante un juez justo, después de ser juzgado conforme a su inocencia, se dice que el juez lo justificó; del mismo modo diremos que es justificado delante de Dios el hombre que separado del número de los pecadores, tiene a Dios como testigo de su justicia y encuentra en él aprobación.

De este modo diremos de un hombre que es justificado por las obras, cuando en su vida hay tal pureza y santidad que merece el título de justicia delante del tribunal de Dios; o bien que él con la integridad de sus obras puede responder y satisfacer al juicio de Dios.

Al contrario, será justificado por la fe aquel que, excluido de las obras, alcanza la justicia de la fe, revestido con la cual, se presenta ante la majestad divina, no como pecador sino como justo. De esta manera afirmamos nosotros en resumen, que nuestra justificación es la aceptación con que Dios nos recibe en su gracia y nos tiene por justos. Y decimos que consiste en la remisión de los pecados y en la imputación de la justicia de Cristo.»

Este pasaje es decisivo en cuanto a la postura de Calvino, porque es expresamente una declaración formal del estado de la cuestión, dada con la mayor claridad y precisión. La justificación consiste «en la remisión de pecados y en la imputación de la justicia de Cristo.» «Está justificado delante de Dios aquel que es sacado de la clase de pecadores, y que tiene a Dios por testigo y declarante de su justicia.»

Charles Hodge, Teología Sistemática: Teología Reformada Clásica, parte III, cap. 17, 2; Editorial Clie, págs. 740, 741.