¡Cuidado con el Legalismo!

Una de las peores amenazas para el Cristianismo no proviene de fuera de la iglesia, proviene de dentro. De hecho, se trata de un mal con el que todos tenemos que luchar en nuestro corazón, en un grado u otro. Una de las peores amenazas para el avance del Cristianismo, tanto en la vida individual del creyente como en la iglesia y en el mundo es el Legalismo, también conocido por el sobrenombre de Moralismo.

Muchas personas tienen la idea errónea de que el Cristianismo promueve el Moralismo, y lamentablemente muchas de las personas que están dentro de las iglesias evangélicas dan la impresión de que es así, de que la esencia del Cristianismo es promover un elevado estándar moral, y eso provoca -irónicamente- que muchas personas se mantengan fuera de la iglesia, porque no se consideran lo suficientemente “buenas” como para estar dentro. Alguien decía que muchos conciben la iglesia como “un lugar donde buenas personas les dicen a buenas personas cómo ser mejores personas.”

Pero eso no es lo que nosotros encontramos en la Palabra de Dios. Lo cierto es que el Legalismo está tan lejos del Cristianismo como está lejos el cielo del infierno. Pero como el Legalismo da la impresión de promover la santidad que el Evangelio produce, algunas personas confunden un mensaje con el otro.

¿Qué es el Legalismo?

Antes de pasar a responder esta pregunta, debo hacer algunas aclaraciones sumamente importantes, no vaya a ser que por tirar el agua sucia de la bañera, tiremos también al niño que está dentro.

1. Preocuparnos por nuestra santidad personal no es Legalismo:

La Biblia enseña claramente que aquellos a quienes Dios justifica también los santifica, y que todo creyente tiene una responsabilidad personal en el avance de ese proceso de santificación en su vida.

“Así que, amados, pues que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2 Corintios 7:1)

“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” (Romanos 8:13)

“Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó.” (Colosenes 3:5-10)

El Nuevo Testamento insiste en esto una y otra vez; el creyente tiene una responsabilidad en el proceso de santificación, pero ese no es mi foco de atención en esta oportunidad.

2. Tomar en serio la ley moral de Dios, los 10 mandamientos, como norma de vida para el cristiano, tampoco es en sí mismo Legalismo:

Si bien la ley moral ya no nos condena, porque Cristo pagó por nuestros pecados, como vimos en el sermón anterior, esa ley continúa siendo la norma moral por la cual debemos guiarnos. Dios no nos ha dejado a expensas de nuestros propios criterios para distinguir el bien y el mal:

“No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley. Porque esto: NO COMETERAS ADULTERIO, NO MATARAS, NO HURTARAS, NO CODICIARAS, y cualquier otro mandamiento, en estas palabras se resume: AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO. El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley.” (Romanos 13:8-10)

La ley moral de Dios no es una camisa de fuerza que nos impide ser libres, sino el camino trazado por un Dios amante para que andemos en libertad:

“Y guardaré continuamente tu ley, para siempre y eternamente. Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos (…) Y me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo. Levantaré mis manos a tus mandamientos, los cuales amo, y meditaré en tus estatutos.” (Salmo 119:44-45, 47-48)

“¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley; porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: NO CODICIARAS (…) Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios.” (Romanos 7:7, 22)

“He aquí, vienen días -declara el SEÑOR- en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos -declara el SEÑOR; porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días -declara el SEÑOR-. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciendo: ‘Conoce al SEÑOR’, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande -declara el SEÑOR- pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado.” (Jeremías 31:31-34; comp. Hebreos 8:8-12)

3. Restringir mi propia libertad por amor a Dios y por el cuidado de mi alma, tampoco es Legalismo:

“Todas las cosas me son lícitas, pero no todas son de provecho. Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna. (1 Corintios 6:12)

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero sólo uno obtiene el premio? Corred de tal modo que ganéis. Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Por tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta; de esta manera peleo, no como dando golpes al aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado.” (1 Corintios 9:24-27)

¿Qué es, entonces, el Legalismo?

En una forma muy sencilla, podemos decir que es el intento de ganar el favor de Dios a través de nuestra obediencia; ya sea que lo hagamos tratando de obedecer los mandamientos de Dios o un conjunto de reglas inventadas por los hombres.

El punto clave del Legalismo es que no descansa en la obra de Cristo para que seamos aceptados por Dios o para ser bendecidos por Él, sino en nuestra propia conformidad a un estándar de conducta previamente establecido.

Mientras el evangelio nos mueve a la obediencia por el hecho de haber sido aceptados por Dios de pura gracia, el Legalismo nos dice que debemos obedecer para ser aceptados. En el evangelio la aceptación viene primero y la obediencia después; en el Legalismo la obediencia viene primero para poder alcanzar la aceptación, ya sea delante de Dios, delante de la gente o delante de ti mismo.

Todo gira en torno a lo que hacemos o a lo que dejamos de hacer. “Si puedo cumplir las reglas, si puedo mantener el estándar, Dios me va a bendecir”. Eso es legalismo. Todo depende de ti: de tu obediencia, de tu esfuerzo personal, de tu compromiso, de tus méritos.

Es precisamente por eso el Legalismo puede ser tan atractivo para muchas personas, porque apela al orgullo humano. “Yo soy más meritorio, porque me estoy esforzando más que tú.”

Sin la gracia de Dios nosotros somos menos que nada. Es por eso que el evangelio resulta tan odioso al hombre natural, porque nos recuerda lo que nosotros no queremos aceptar: somos pecadores, somos impotentes, dependemos enteramente de la gracia de Dios en Cristo:

“¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe. Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley.” (Romanos 3:27-28)

¿Ven cómo Pablo contrapone aquí el evangelio con la jactancia humana? Es lo mismo que encontramos en Ef. 2:8-9. “¿Qué tengo que hacer para ser salvo?” Confiar únicamente en los méritos de Cristo. “Y ahora que soy cristiano, ¿qué debo hacer para ser bendecido por Dios?” Seguir amparándote en los méritos de Cristo.

Los evangélicos estamos claros en la primera pregunta, pero no siempre estamos tan claros en la segunda. Sabemos que fuimos salvos por gracia, pero muchas veces procuramos ser bendecidos por obras:

“¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado? Esto es lo único que quiero averiguar de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan insensatos sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿vais a terminar ahora por la carne? ¿Habéis padecido tantas cosas en vano? ¡Si es que en realidad fue en vano! Aquel, pues, que os suministra el Espíritu y hace milagros entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley o por el oír con fe?” (Gálatas 3:1-5)

Todo beneficio que recibimos de la mano de Dios lo recibimos únicamente por los méritos de Él, no por los nuestros:

“Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe.” (Filipenses 3:7-9)

Es por eso que en todas sus cartas, y eso es algo que vemos claramente en su carta a los Colosenses, Pablo insiste en el uso de la frase “en Él”, “en Cristo”. Nosotros estamos completos en Él, fuimos circuncidados, vivificados, perdonados y libertados por Él.

No es por tu bondad que vas a ser bendecido, ni por tu decencia, ni por tu esfuerzo por guardar los mandamientos de Dios, y mucho menos por someterte a un conjunto de reglas inventadas por los hombres. Es únicamente por Cristo.

Y, por favor, no me mal entiendan: el Cristianismo promueve un elevado estándar moral:

“Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mateo 5:20)

Pero en el Cristianismo la santidad es un resultado, no una causa. Podemos ser santos porque hemos sido salvados. La salvación viene primero, el buen comportamiento después.

Y ese comportamiento no es meritorio. Ningún comportamiento, por bueno que sea, logrará que merezcas el favor de Dios. Es por gracia de principio a fin:

“Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención, para que, tal como está escrito: EL QUE SE GLORIA, QUE SE GLORIE EN EL SEÑOR.” (1 Corintios 1:30-31)

“Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7)

El Legalismo y el espíritu hipercrítico

Pocas cosas pueden tener un mayor potencial de división en las iglesias que el Legalismo, porque el Legalismo promueve un espíritu hipercrítico que impide la verdadera comunión cristiana. El Legalismo, como bien ha dicho alguien, eleva las preferencias personales a la categoría de mandatos bíblicos; ¡y ay de aquel que no se someta a las reglas!

Alguien escribió siete pasos sencillos para convertirse en un legalista:

1.     Inventa reglas que no están en la Biblia.

2.     Esfuérzate por cumplir esas reglas.

3.     Castígate a ti mismo cuando no las cumplas.

4.     Enorgullécete cuando las obedezcas.

5.     Constitúyete a ti mismo en juez de los demás.

6.     Enójate con aquellos que rompan tus reglas o que tengan reglas distintas a las tuyas.

7.     Golpea a los perdedores.

Por eso Pablo tiene que advertir a los Colosenses:

“Que nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo.” (Colosenses 2:16)

Pablo sabía que los legalistas no se contentan con seguir sus propias reglas para ganar el favor de Dios, sino que quieren meter a todo el mundo en el mismo molde.

Y es lógico que así sea. Si yo me siento superior a los demás por las reglas que guardo, debo “ayudar” a los demás a alcanzar mi estatura espiritual siguiendo mis reglas.

En la parábola de Lucas 15 [el hijo pródigo], es obvio que el hermano mayor se sentía superior a su hermano menor y que había generado hostilidad hacia él (“ese hijo tuyo”, vers. 30). Eso es lo que produce el Legalismo. Un espíritu de superioridad que es al mismo tiempo hostil hacia los demás.

Y ¿saben una cosa? La razón por la que muchas personas se mantienen alejadas de las iglesias es porque perciben ese “síndrome del hermano mayor” en muchos de los que están dentro.

Es interesante notar que el Señor concluye esta parábola dejando al hermano mayor fuera de la fiesta, y al hermano menor dentro de ella. El Señor no vino a buscar a los que se creen justos, sino a llamar a los pecadores al arrepentimiento. Para disfrutar de esa fiesta, lo primero que necesitamos es saber que somos pecadores.

Y si eso es lo que somos a final de cuentas, ¿por qué ese espíritu de superioridad? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

¿Eres Legalista o Liberal? ¿Hay alguna otra opción?

Mucha gente tiende a pensar que la antítesis del Legalismo es el Liberalismo. Por tal razón, cuando hablas en contra de uno de estos extremos, muchos presuponen que debes estar en el otro.

Sin embargo, una de las lecciones que el Señor Jesucristo nos enseña en la parábola del hijo pródigo es que un hombre puede perderse viviendo como un Liberal o como un Legalista; los dos hermanos de la historia representaban esos dos extremos, y los dos estaban igualmente perdidos. De manera que esas no son las únicas dos opciones que hay.

Si queremos darle un golpe mortal al Legalismo, el arma que debemos usar no es el Liberalismo, sino el Evangelio. Esa es una de las grandes lecciones del libro de Gálatas y de Colosenses (por solo citar dos cartas que enfatizan este tema en el Nuevo Testamento).

Muchos sienten temor cuando se habla demasiado acerca de la gracia en las iglesias, “porque algunos pueden abusar de ella.” Presuponen que la mejor manera de mantener a los cristianos transitando por la senda estrecha es no hablar tanto de la gracia y de la libertad que tenemos en Cristo. El próximo paso será poner un conjunto de reglas que no están en la Biblia.

Pero si queremos que los pecadores sean salvados, y que los creyentes avancen en su camino hacia la madurez espiritual y hacia la santidad, debemos seguir proclamando el evangelio de la gracia de Dios en Cristo.

Martín Lutero acuñó un término teológico, que ha venido a ser de uso común a partir de entonces: “Antinomianismo” (contra la ley). Pero ahora escuchen lo que dijo Lutero en cierta ocasión:

“Si un predicador no es acusado en algún punto de su ministerio de ser antinomiano no está predicando el evangelio”.

No sé si debemos ser tan categóricos como Lutero en este asunto, pero es interesante notar que Pablo previó esa posibilidad en el capítulo 6 de su carta a los Romanos. Lo cierto es que nunca enfatizaremos demasiado la gracia de Dios en nuestro ministerio. Y si la predicamos apropiadamente, no tenemos que tener temor.

Como dice el pastor Tullian Tchividjian:

“Si realmente eres capturado por la gracia, no vas a usar tu libertad para ser indulgente contigo mismo, sino para glorificar a Dios.”

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; sólo que no uséis la libertad como pretexto para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.” (Gálatas 5:13)

De manera que si quieres avanzar en tu vida cristiana, pídele a Dios que te ayude a tener un mejor entendimiento del evangelio de la gracia, porque sólo de ese modo entenderás los recursos que tienes en Cristo para ser santo, y tendrás la motivación que necesitas para seguir avanzando en el camino de la madurez y la santidad.

“Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2 Corintios 5:14-15)

Leí en estos días una ilustración muy apropiada en ese sentido. Pensemos en la vida cristiana como un velero. La ley moral son los instrumentos de navegación que mantienen el barco en rumbo, pero la gracia es el viento que mueve las velas. Sin los mandamientos de Dios, el barco pierde el rumbo, pero sin la gracia no va a ninguna parte.

No se trata de una cosa o la otra, sino de ambas operando al mismo tiempo, siempre poniendo la gracia delante y la obediencia detrás. No lo olvides: el legalista te dice que debes obedecer para ser aceptado por Dios; el evangelio, por otra parte, al mover al pecador a aceptar por fe la gracia de ser aceptado en Cristo, te mueve a la obediencia.

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Por Sugel Michelén, en TodoPensamientoCautivo.com