El Baile


El palabra hebrea significaba “saltar de alegría” (Sal. 30:11); y los movimientos del cojo curado por Pedro y Juan (Hch. 3:8) se asemejaban más al baile hebreo, que los pasos artísticos y mesurados de los tiempos modernos.

Los bailes judíos eran comúnmente expresiones extemporáneas de alegría religiosa y de gratitud. Algunas veces se hacían en honor de un conquistador, como en el caso de David (1 S. 18:7), cuando dió muerte al gigante filisteo, “las mujeres salieron de todas las ciudades de Israel cantando y bailando”; y algunas veces con ocasión de regocijos domésticos, como en la vuelta del hijo pródigo. En el baile religioso se usaba el pandero o tamboril para ordenar la ceremonia, y quien la dirigía era seguido por los demás, con paso mesurado y cánticos piadosos; así Miriam guió á las mujeres de Israel (Ex 15:20, 21), y el rey David a los hombres (2 Sa. 6:14, 21). Véanse también Jue. 21:19-23; 1 Cr. 13:8; 15:29. Varias importantes conclusiones se han sacado de la cuidadosa comparación de aquellas partes de las Escrituras en que se hace alusión al baile. Era comúnmente religioso en su carácter; se practicaba exclusivamente con motivo de ciertos regocijos; sólo por uno de los dos sexos; generalmente durante el día y al aire libre; no hay constancia alguna de caso en que los hombres y las mujeres hayan bailado unidos; y no se practicaba por diversión.

Las excepciones de esta última aserción son los “mozos vanos” a que alude Mical (2 S. 6:20); las ricas familias impías a que se refiere Job 21:11, y la hija de Herodias (Mr. 6:22). Hay otros pasajes en que se condena el baile por su relación con el culto idolatra, y con el libertinaje, como en Ex 32:19, 25; Is. 3:16; 1 Co. 10:7, y con la embriaguez y la orgía (1 S. 30: 16). El baile promiscuo se condena de un modo inequívoco, tanto por las Escrituras como por los mejores hombres de todos los tiempos. Es un estímulo poderoso para relajación de los costumbres y del pudor. Sus más inocentes formas son inseparables de las indecorosas, y tienden á prescindir totalmente de decoro.

Los amantes del baile buscan los placeres en el borde de un remolino en cuyo abismo de muerte moral y espiritual muchos de ellos se perderán con toda seguridad. Entre los griegos y los romanos el baile era un pasatiempo común, a que se recurría para darles animación a las fiestas, y también en ocasiones de regocijos públicos. Con todo, Cicerón dice, “Nadie baila a no ser que esté borracho o loco”, y estas palabras expresan la opinión dominante en cuanto a la impropiedad de que la gente respetable tornara parte en esa diversión. De aquí es que los círculos alegres de Roma, como sucede en el Oriente en la actualidad, iban a divertirse en bailes de bailarinas de profesión. Éstas eran mujeres de mala reputación, y sus bailes, como los que tenían lugar en los tiempos paganos, eran a menudo deshonestos e indecentes (Is. 23:16).